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18 octubre 2011

LA LLORONA


LA LEYENDA
"…Una mujer, envuelta en un flotante vestido blanco y con el rostro cubierto con velo levísimo que revoleaba en torno suyo al fino soplo del viento, cruzaba con lentitud parsimoniosa por varias calles y plazas de la ciudad, unas noches por unas, y otras, por distintas; alzaba los brazos con desesperada angustia, los retorcía en el aire y lanzaba aquel trémulo grito que metía pavuras en todos los pechos. Ese tristísimo ¡ay! Levantábase ondulante y clamoroso en el silencio de la noche, y luego que se desvanecía con su cohorte de ecos lejanos, se volvían a alzar los gemidos en la quietud nocturna, y eran tales que desalentaban cualquier osadía.

Así, por una calle y luego por otra, rodeaba las plazas y plazuelas, explayando el raudal de sus gemidos; y, al final, iba a rematar con el grito más doliente, más cargado de aflicción, en la Plaza Mayor, toda en quietud y en sombras. Allí se arrodillaba esa mujer misteriosa, vuelta hacia el oriente; inclinábase como besando el suelo y lloraba con grandes ansias, poniendo su ignorado dolor en un alarido largo y penetrante; después se iba ya en silencio, despaciosamente, hasta que llegaba al lago, y en sus orillas se perdía; deshacíase en el aire como una vaga niebla, o se sumergía en las aguas (…)

No sólo por la ciudad de México andaba esta mujer extraña, sino que se la veía en varias ciudades del reino. Atravesaba, blanca y doliente, por los campos solitarios; ante su presencia se espantaba el ganado, corría a la desbandada como si lo persiguiesen; a lo largo de los caminos llenos de luna, pasaba su grito; escuchábase su quejumbre lastimera entre el vasto rumor del mar de los árboles de los bosques; se la miraba cruzar, llena de desesperación, por la aridez de los cerros, la habían visto echada al pie de las cruces que se alzaban en las montañas y senderos; caminaba por veredas desviadas, y sentábase en una peña a sollozar; salía misteriosa de las grutas, de las cuevas en que vivían las feroces animalias del monte; caminaba lenta por las orillas de los ríos, sumando sus gemidos con el rumor sin fin de las aguas…

LA LLORONA ANTES DE LA COLONIA

Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista. Sexto presagio funesto:

Muchas veces se oía, una mujer lloraba; iba gritando por la noche; andaba dando grandes gritos:
-¡Hijitos míos, pues ya tenemos que irnos lejos!
Y a veces decía:
-¡Hijitos míos!, ¿a dónde os llevaré?

Mientras más se acercaban los españoles a la Gran Tenochtitlan en el siglo XVI, más frecuentes y directas eran las señales que recibían Moctezuma y los suyos sobre este acontecimiento.

Entre otros presagios, se afirmaba que por las noches se escuchaba gemir y llorar a una mujer diciendo: ¡Mis muy queridos hijos, ya llega nuestra partida, ya estamos a punto de perdernos! ¡Oh, hijos míos!, ¿a dónde os llevaré? Según fray Bernardino de Sahagún y Hernando Alvarado Tezozómoc, esos gritos los profería un diablo llamado Cihuacóatl "mujer serpiente", diosa de la guerra y los nacimientos entre los mexicas.

Así, se tiene un antecedente directo de la Llorona en esta diosa, que a la vez ostenta diversas manifestaciones en la cultura nahua como Tonantzin "nuestra madre", Huitztilincuatec "cabeza cortada de colibrí", Toci "nuestra abuela", Cozcamiauh "collar de espigas", Tlazoltéotl "diosa de la inmundicia" y, desde luego, Coatlicue "la de la falda de serpientes".

Estas deidades tienen los siguientes atributos: la maternidad de dioses y hombres; la serpiente, uno de los animales más importantes de la cosmovisión mesoamericana, que representaba los poderes ctónicos de la naturaleza y se relacionaba con el inframundo; el dominio sobre el tiempo y el movimiento eterno representado por el colibrí; el tema de la guerra o la mujer guerrera; los colores rojo y negro, que tienen que ver con el Tlillan Tlapallan, el lugar mítico hacia el oriente, donde marchó Quetzalcóatl.

La vestimenta de las diosas es blanca; los cabellos, negros y largos. Representan a la mujer de todas las edades, joven, madura y anciana, y por tanto, a la concentración de los poderes femeninos, incluyendo el arte adivinatorio. "La mujer, en el lenguaje gráfico de la mitología, representa la totalidad de lo que puede conocerse".

Cihuacóatl en particular muestra tres aspectos característicos: los gritos y lamentos por la noche; la presencia del agua, pues tanto Aztlán como la gran Tenochtitlan estaban cercados por ella -con lo que ambos sitios estaban conectados no sólo por coincidencias físicas, sino míticas-, y ser la patrona de las cihuateteo, las mujeres divinizadas, muertas en parto, que bajan a la tierra en los días llamados  Nemontemi a buscar a sus hijos, y aparecen en las encrucijadas de los caminos y son fatales a los niños, y de noche vocean y braman en el aire.

Coatlicue, por su lado, habla de presagios funestos, al afirmar -ante chamanes de Moctezuma I- que así como Huitzilopochtli ganaría en la guerra, después él mismo "sería echado por gente extraña y entonces regresaría con su madre".

Por otra parte, Tlalteuhctli-Tlaltecíhuatl, "señor o señora de la tierra", partida en dos para crear el cielo y la tierra, solo se calma bebiendo sangre. Bien puede relacionarse con la Llorona, pues a veces por la noche se escuchaban sus quejidos pidiendo corazones de hombres para comer; además de que por su boca nacieron los ríos y las grandes cavernas.

Asimismo, la figura llorosa se puede asociar con deidades de otras culturas: Auicanime "la necesitada, la sedienta", diosa del hambre de los tarascos; Xtabay, esposa de Kizin, el dios de la muerte, de los mayas-lacandones; Xonaxi Queculla, Xonaxi Huilia o Xonaxi Belachina "once muerte" o "la señora de la red de carne", deidad de la muerte, del inframundo y de la lujuria entre los zapotecos.

PECULIARIDADES
- Malos augurios acarrea el oírla.

- Dicen que su grito más doliente lo lanza al llegar a la Plaza Mayor, que allí se arrodilla… y, vuelta hacia donde estaban los viejos teocalis de los indios, besa el suelo y clama con angustia, y llena todo de aflicción.

- Cuentan que amó intensamente…

- Que fue abandonada…

- Que cometió un horrible crimen…

- Que hizo correr la sangre de los suyos…

- De todos modos, habrá sufrido mucho, pobre mujer… ¿por qué no puede descansar aún?
Carmen Toscano, La Llorona

Durante la Colonia, la leyenda sufrió transformaciones. No podría hablarse de la advocación de una diosa o diosas prehispánicas, pues ello sería blasfemia y herejía, así que la Llorona se fue transformando hasta parecerse un poco más a los conquistadores y la historia fue cambiando de acuerdo con los diversos gustos y tradiciones, o debido a las consejas que corrían de boca en boca; sin embargo, su esencia indígena no pudo romperse del todo. Así es como se mantuvieron intactos distintos elementos: la noche, la mujer vestida de blanco con el cabello largo y negro, el grito desgarrador de ¡Ay mis hijos!, y la presencia de agua (ríos, lagos, cauces secos, barrancas).

Su figura cruzó los límites de la capital de la Nueva España -aunque ahí siempre será más fuerte- hasta llegar a diversas regiones de lo que hoy es México: Aguascalientes, Durango, Guanajuato, Zacatecas, Querétaro, San Luis Potosí, Tlaxcala, Puebla, Morelos, Estado de México, Veracruz, Tabasco, Oaxaca…

En Yucatán tiene una acepción distinta, ya que se la relaciona más con Xtabay. Parece ser que no forma parte de las leyendas de los estados situados al norte de la república, lo cual también habla de la fuerza de su origen mexica.

Dependiendo de la zona, la Llorona ya no sólo clama de angustia, ahora es una mezcla de divinidades prehispánicas y espectros de la tradición judeocristiana: es la mujer atrayente que llama a los hombres en la noche, los seduce, los pierde o los lleva a la locura (las cihuateteo, Xtabay, o Eva, la mujer de la perdición y el pecado); puede mostrar su faz en forma de calavera (esto remite a Cihuacóatl) o ser una mujer bellísima sin ojos (en Aguascalientes se dice que tiene cara de caballo y que quien la ve muere o nunca se recupera. Es interesante notar aquí el significado sombrío que puede tener este animal en diversas culturas).

Su leyenda no ha muerto, permanece como uno de los misterios más aceptados en el México actual. Hoy día cualquiera puede afirmar haberla visto y casi nadie pondrá en duda su palabra, pues es una presencia tan propia al mexicano, que es imposible romper su hechizo. Tal vez tenga que ver con "Todas esas voces oscuras, de abuelos indios, que lloran en nuestro corazón"



En el México colonial y aún en la actualidad, la Llorona es una mujer que se aparece en la noche, a veces en las encrucijadas de los caminos, con cabello largo y vestida de blanco, llamando con fuertes llantos y aterradores lamentos a sus hijos.

La Llorona es una de las leyendas con más fuerza en nuestro país. Hoy día su presencia sigue causando tanto pavor como hace siglos. La gente del pueblo no duda en afirmar su existencia e incluso los más instruidos temen objetar algo ante quien afirma haberla visto, pues está tan imbuida en el pensar del mexicano que forma parte misma de su existencia y se le otorga el carácter de realidad.

La Llorona surge en la Colonia. Sin embargo, sus antecedentes son mucho más antiguos, tanto, que se pierden en los mitos prehispánicos y se funden en diversas representaciones de diosas madres.

Tenemos un gran número de versiones sobre su presencia y lo que la obliga a lanzar ayes lastimeros por la noche, pero lo que nadie puede negar es que ha trascendido las barreras del espacio y el tiempo hasta llegar a ser parte de la idiosincrasia de un pueblo.




Puedes escuchar el audio de La Llorona, de Radio INAH en el siguiente enlace:
http://sobrenatoral.podomatic.com/player/web/2009-11-04T12_54_20-08_00

Con la colaboración de Helena Rivas



La tumba de la Llorona está en la entrada del panteón de Dolores, en Jerez, Zacatecas.Y es como que se ve una virgen que está llorando arriba de una tumba. Hay veces que ella está así con las manos juntas y si le ve los ojos se ve como si estuviera llorando de a de veras Sí, es bien raro porque muchas gentes de aquí hemos visto una cosa muy rara en esa tumba, porque  la Llorona tiene sus manitas así juntas pero luego las mueve y eso que supuestamente es de pura piedra, pero mueve las manos y uno primero las ve así juntas y más al rato ya las ve que las movió y las tiene así como abiertas.
Pero también los ojos de ella son muy feos. Si los tiene abiertos usted camine tantito hacia un lado y luego hacia otro lado y fíjese que los ojos de ella lo van siguiendo, y eso da bastante miedo. Dicen también otra cosa de esa Llorona porque dicen que si tiene los ojos cerrados es porque se salió del panteón y se fue a caminar al río a buscar a sus hijos. Es que dicen que la Llorona anda buscando a sus hijos porque ella misma los mató. Dicen que a uno lo aventó en un pozo de agua, que a otro lo echó en el río cuando llevaba bastante agua y al otro dicen que lo mandó a comprar gasolina y unos cerillos y lo encerró en un cuarto y aventó la gasolina y lo quemó vivo. Eran tres hijos y a los tres los mató. (Tomado del blog de Homero Adame: http://adameleyendas.wordpress.com/2010/10/13/mitos-y-leyendas-de-zacatecas-la-tumba-de-la-llorona/).

09 diciembre 2009

ANÁLISIS SIMBÓLICO DE LA LEYENDA DE LA LLORONA

Para el análisis simbólico hay que señalar que la leyenda presenta, según cada narrador, tres variantes que son relevantes para los elementos de la misma.



En primer lugar la mujer a veces es criolla, mestiza o indígena; en segundo lugar, la forma de cómo la Llorona mata a sus hijos: en algunas es ahogándoles en la laguna y en otras les mata con un cuchillo; en tercer lugar está el efecto de la Llorona como alma en pena: para unos ella viene a llevarse a los niños -a cualquier niño- ya que la Llorona tiene nostalgia por sus hijos; en otra variante las personas que llegan a ver a la Llorona pierden la razón. La última variante dice que la Llorona se deja ver en las noches de luna por aquellas personas, varones principalmente, que andan en malos pasos, pretendiendo engañar a su esposas o prometidas, ya que aparentemente es una mujer muy atractiva pero cuando es abordada por el galán, ella tiene rostro de calavera o de caballo.

Cada una de estas variaciones de la leyenda de la Llorona es relevante en virtud de que apunta a diferentes símbolos que subyacen en su estructura y a sus referentes de origen que mezclan diferentes mitos y tradiciones. Sin embargo hay un elemento que nunca varía, que es el agua. La leyenda remite siempre a lugares donde hay agua: ríos, arroyos, lagunas o presas. En estos sitios es donde se ha visto y/o escuchado a la Llorona.

El agua aparece en su doble simbolismo de fuente de vida y, al mismo tiempo de destrucción. En primer lugar, en el contexto del encuentro violento de mexicas y españoles en el sitio de Tenochtitlan, las aguas de la laguna son el útero que dolorosamente da a luz la nueva nación mestiza, la nueva raza nacida de la fusión indígena y española.

Ahora bien, cuando la Llorona es presentada como mujer indígena, los hijos son mestizos, son símbolo de la nueva nación. Matar a esos hijos implica la reacción interior que rechaza la mezcla de sangres y la negación violenta del mestizaje. Sin embargo ya no hay marcha atrás. Negar el mestizaje es negar la propia identidad, es como volverse un alma en pena que llora la irremediable tragedia. Aquí se desvela el gran trauma del subconciente mexicano: ¿quién soy como mestizo? ¿cuál es mi origen y mi destino?



El simbolismo del agua se complementa con el de la sangre. La variante de la leyenda donde la Llorona mata a sus hijos con un cuchillo conduce necesariamente al derramamiento de sangre. La sangre es un elemento indispensable de la simbólica religiosa universal. En el contexto prehispánico, la sangre es llamada chalchíhuatl, agua de jade, la vida por antonomasia (Chevalier, 2007: 58). El jade es la piedra preciosa por excelencia en mesoamérica. Es símbolo de vida y de los dioses. La sangre de los dioses, en los mitos antropogénicos mexica y maya, se derramó para dar vida a la humanidad. En correspondencia al sacrificio de los dioses, los seres humanos habrán de derramar su sangre para mantener la vida de ellos. Los sacrificios humanos que tanto horrorizaron a los conquistadores se inscriben en esta dinámica.

Así entonces, cuando la Llorona mata a sus hijos derramando su sangre, esa muerte se vuelve sacrificio a los dioses, se pretende el intercambio: la vida de los niños a cambio de la recuperación del amor del hombre.

Agua y sangre, como símbolos, remiten a la dimensión vida-muerte, origen-destrucción. La Llorona aparece en la leyenda como un ser ligado a la vida desde la muerte que anuncia destrucción en un orden de vida.

Aquí se unen al simbolismo del agua y la sangre los símbolos de la maternidad y, desprendiéndose de ésta, el de la inocencia, representada por los niños hijos de la Llorona.


La Llorona es una versión de la "Gran Diosa Madre", la Tierra, que es fuente de vida multiforme y abundante, pero que reclama, al mismo tiempo esa vida (Cooper, 2002: 121). Todas las culturas atestiguan cómo, los seres vivos vuelven a la tierra, al gran seno materno con la muerte. Los sepulcros excavados en tierra como símbolos del útero materno al que se vuelve o la expresión bíblica de "polvo eres y al polvo volverás" (cfr. Gn. 3, 19) son ejemplo de esta comprensión.

La maternidad se relaciona con el símbolo de la luna, también presente en algunas versiones de la leyenda, y que remite al ciclo de fertilidad femenino medido por ciclos lunares que, a la vez, remiten al origen primordial, el origen del tiempo. Para la mitología mexica, Cihuacóatl es el principio femenino de la realidad, incluso, el personaje político de mayor influencia en el imperio mexica después del Huey Tlatoani o emperador es el Cihuacóatl, una especie de primer ministro que ejerce las funciones prácticas de gobierno.

Los niños, hijos de la Llorona, simbolizan la inocencia y la pureza. El dato de ser muertos al ser sumergidos en la laguna refuerza la noción de pureza al evocar los ritos bautismales y de purificación de las religiones (Cooper, 2002: 42). Este signo de sumergirse en las aguas implica también la búsqueda del secreto de la vida y está vinculado con el personaje de la Llorona como alma en pena: la muerte es un símbolo que implica la omnisciencia, los muertos todo lo ven y todo lo saben (Chevalier, 2007: 731).En la mitología náhuatl, Mictlantecuhtli, señor de la muerte, es representado como un cráneo sin ojos pero adornado con una cabellera con " los ojos estelares que todo lo ven" (Libura, 2004: 36).
La muerte, como símbolo, implica además una referencia a los ritos de pasaje o tránsito. A quien alcanza la muerte, si vive sólo en los niveles materiales de la existencia, lo llevará al mundo de los muertos y del dolor. Si la persona, por el contrario, vive en los niveles espirituales, la muerte lo conduce a los campos de luz y del conocimiento (Chevalier, 2007: 731).

Así, la Llorona parece ser el trance nunca concluido del mexicano que no se decide a ser ni indígena ni español, y lo trágico radica en que por su mestizaje no puede ser ni lo uno ni lo otro, pero además reniega de su mestizaje cultural.





El mexicano se ríe de la muerte, convive con ella a diario en su pobreza y dolor, le canta como a una novia y camina de la mano con ella por la Alameda Central, como lo reflejara Diego Rivera en su famoso mural, pero al mismo tiempo le teme.



La muerte es como una madre que se ama profundamente y al mismo tiempo se quiere apartar de ella para vivir la propia vida. Madre siempre evitada, siempre se huye de ella, pero al final está siempre dispuesta a recibir a sus hijos con los brazos abiertos, como lo reflejó la película mexicana de 1946 "El ahijado de la muerte".



Además, es portadora de fortuna, como lo expresan los pobladores de Xochimilco, en la Ciudad de México. Encontrarse con la Llorona es oportunidad de volverse ricos. Quien llega a tener la suerte de que la cihuateteo o la mictlancíhuatl, es decir, la muerte, se le aparezca entre los canales del lago y la siga sin perderle el rastro, encontrará un tesoro en monedas que lo sacará para siempre de la pobreza (Cordero, 2005: 23).



Verdad o leyenda, mito o realidad, la Llorona es como un emisario de la muerte-madre. Aparece y espanta a aquellos que viven una doble moral para que vuelvan a la vida buena y recta. Para aquellos que la han oído o visto, o que por las noches escuchan los lastimeros aullidos de los perros que van acercándose por el aire, es presagio de muerte y recuerda a cada uno cuál es su destino final.

La Llorona es también un símbolo en sí mismo de lo desconocido y fantástico que encierran la vida y muerte, de la paradójica y hermosa ambivalencia de lo humano. La Llorona es mujer enamorada, correspondida y al mismo tiempo rechazada. Es mujer valiente que rompe los cánones de su tiempo y es, al mismo tiempo víctima de ellos. Es madre y es verdugo de sus hijos. Es vida y es muerte, es amor y es despecho, es indígena y española, es espanto y es premio...

La Llorona encarna (habría que decir des-encarna) a todos y a cada uno de los seres humanos que aman, sufren, luchan, lloran y esperan, día a día, el acontecimiento liberador de su vida, que traiga la tranquilidad y la felicidad que se busca, se añora y se construye.
Escucha el relato de Radio INAH aquí:

30 octubre 2009

NEMONTEMI

Siempre pensé que la anécdota del abuelo era sólo eso, una anécdota, una de tantas historias. Pero ahora sé que es algo más que una simple historia.
Mi abuelo Saúl trabajó como vigilante en el Museo Nacional de Antropología. Tuvo una habilidad poco común para aprender muchas cosas y un interés especial por la historia. Así, con lo que oía decir a los arqueólogos, lo que decían algunos guías, lo que escuchaba de los visitantes y lo que él podía leer, el abuelo era toda una enciclopedia.
Una vez el abuelo me contó que los aztecas tenían al final de su calendario cinco días llamados nemontemi. En esos días nadie trabajaba ni hacía nada, parecía como si el tiempo se detuviera y la vida ordinaria se acababa. "En esos días", decía el abuelo, "la gente esperaba con angustia el inicio de un nuevo año, porque esos días tenían mala fama, eran días feos y malos. La gente creía incluso que, si alguien nacía en esos días, toda su vida estaría marcada por la mala suerte. Mis compañeros y yo bromeábamos con esto y cuando alguno no quería trabajar, decía que andaba de nemontemi, y entonces no podía hacer nada, o le caía la mala suerte", decía riendo el abuelo.
El abuelo nos explicaba que en el calendario azteca, cada 52 años, terminaba un periodo de tiempo y entonces, para empezar el nuevo tiempo había que hacer todas las cosas nuevas. Por eso la fiesta se conocía como fuego nuevo. "La gente", decía el abuelo, "tiraba las cosas que usaban de a diario y apagaban toda lumbre en sus casas, palacios y templos. Los nemontemi del fuego nuevo tenían las noches más oscuras de todas".
"La oscuridad se rompía finalmente cuando el fuego ardía en el pecho del sacrificado. Como llevado por el viento, el fuego llenaba la ciudad. Finalmente, un nuevo ciclo de vida comenzaba. Pero nadie imaginó que el fuego nuevo de 1507 fue el último en la gran México-Tenochtitlan". Yo imaginaba aquella pequeña chispa roja que de pronto se volvía uno, dos, tres, muchos caminos de fuego que rápidamente devolvían la luz, el calor y la alegría a la enorme ciudad en medio del lago y sumida hasta entonces en la oscuridad.
Quizá las historias del abuelo me hicieron amar la historia y entré a estudiar en la Escuela Nacional de Antropología. Una vez titulado, conseguí trabajo en una escuela secundaria ubicada allá por el rumbo de Mixcoac, donde empecé a dar clases de historia. Fue allí cuando conocí a Ana María.
Ana María era más joven que yo, era estudiante de química en la UNAM. Coincidimos la primera vez en el tranvía que iba a Mixcoac cuando ella volanteaba en favor del movimiento estudiantil. Desde ese día nos vimos con frecuencia y la frecuencia nos transformó de conocidos a amigos y de amigos a novios. Nuestro noviazgo fue breve pero intenso. Compartimos nuestras ideas, como muchos en aquel tiempo, bajo la mirada providente del Che. A fines de aquel año nos casamos después de año y medio de noviazgo entre consignas y botas de granadero.
Nuestra vida como matrimonio se vio marcada por la dificultad de Ana María para embarazarse. Su mamá decía que era castigo del cielo por no casarnos por la iglesia. Nuestras convicciones políticas nos habían alejado de la religión desde hacía buen rato.
Cuando íbamos a cumplir los tres años de casados, Ana María quedó embarazada. Era un embarazo difícil, dijo el médico, pero fue suficiente para sentir que teníamos el triunfo sobre los castigos divinos profetizados por mi suegra. Fieles a nuestros ideales revolucionarios acordamos llamar Ernesto al niño, "como el Che", decía Ana María cuando le preguntaban cómo llamaríamos al niño cuando naciera. "¿Y si es niña?" preguntaban invariablemente, "¿cómo se llamará?" Ana María siempre contestaba sin vacilar: "Tania".
En enero del 72 nació Ernesto. Pero el destino me cobró muy caro el orgullo de ser padre, pues Ana María murió en el parto. La alegría de tener a mi hijo en mis brazos se mezclaba con el dolor irreparable de perder a mi esposa.
Pero la vida me daría otro revés más doloroso que el anterior. Ernesto tenía tres años y dos meses cuando desapareció. Eso es una de esas cosas que es imposible olvidar, que se graban hasta los detalles más simples, sobretodo para un padre de familia. Era un nueve de marzo de 1975.
Ese día de marzo cuando fui por mi hijo Ernesto al kinder, él ya no estaba ahí. En medio de la angustia y la confusión que comencé a sentir, la directora me explicó que lo había ido a recoger una señora que dijo ser mamá de Ernesto. "¡No puede ser, es imposible!", bramé, "mi esposa murió cuando nació el niño". Fue entonces cuando la directora del kinder se alarmó en sobremanera.
La policía pidió fotografías de Ana María. Cuando mostraron la fotografía en el kinder, la directora y otra profesora aseguraron que ella era la mujer que había ido por Ernesto aquella mañana del 9 de marzo. "Ella es la mamá de Ernesto. Hace más de tres años que murió" dije sin escucharme, mi voz sonaba vacía. La directora se puso pálida y sus ojos se abrieron tanto que parecía que en cualquier momento se caerían de sus cuencas. "Ella se llevó al niño", dijo con un hilo de voz.
No sé cómo no enloquecí con esa mezcla de impotencia, dolor y desesperación. Había visto muchas veces, desde el movimiento estudiantil, los casos de las madres que reclamaban por sus hijos muertos, desaparecidos o encarcelados. Ahora sabía, en carne propia, lo que era perder a un hijo. Y lo peor para mí era que ni si quiera sabía qué había pasado realmente con mi hijo de tres años. Las investigaciones de la policía no llegaron a ningún lado. Las visitas al ministerio público sólo sirvieron para perder mi tiempo, para desesperarme, para darme cuenta que todo resultaba inútil.
Mi suegra me culpó de lo sucedido por ser comunista y ateo, como ella me llamaba, y blandía amenazas de infiernos y castigos divinos sobre mi persona. La desesperación y el dolor abrieron en mí la puerta a la duda: "¿Y si fuera verdad? ¿Si estuviera yo cumpliendo un castigo divino a causa de mi manera de pensar y actuar?" La policía jamás volvió a contactarme, ni a dar algún dato, ni nada. La incertidumbre se volvió entonces el peor castigo para mí. Fue entonces cuando entendí con el corazón que nunca volvería a ver a mi hijo.
Entre dolor y desesperación pasaron los meses. Cuando inició un nuevo curso escolar en septiembre, asistí con un grupo de la secundaria al Museo de Antropología. Era una visita como de rutina para mí, pues cuando mi abuelo trabajaba ahí lo visitaba con frecuencia. Como profesor de secundaria, había que asistir con regularidad a los museos como parte de las actividades escolares.
Cuando entramos a la sala mexica el guía llevó a los alumnos hacia un enorme jaguar de piedra, al tiempo que les explicaba a los alumnos algo sobre los jaguares en mesoamérica y algunas palabras que ya no escuché. Me había apartado un poco del grupo y me encontraba delante de una escultura de piedra de una mujer con rostro de calavera. "Cihuatéotl" se leía en el letrero del museo. En las crónicas antiguas se menciona que las cihuateteo eran las mujeres divinizadas, muertas al dar a luz a sus hijos.
El dolor de haber perdido a mi esposa y a mi hijo se renovó. Todo este asunto de las cihuateteo me hizo recordar vivamente a Ana María y a Ernesto. No sé cuánto tiempo permanecí ahí parado mirando sin mirar la escultura de piedra que alzaba sus manos ante mí. El grupo ya se encontraba ante el famoso calendario azteca cuando reaccioné. Nunca se me habría ocurrido pensarlo. Mi Ana María era ahora una cihuatéotl y yo dedicaría mi tiempo a investigar y estudiar el tema en su memoria y la de Ernesto.
Comencé a investigar y sentí que Ana María volvía a mi lado. Pero el dolor, lejos de cesar, se volvía más agudo, el dolor me dolía más. En la biblioteca de la UNAM encontré los textos de Sahagún sobre las cosas de los antiguos mexicanos y la historia contada por el abuelo Saúl volvió a hacerse presente en mi memoria.
Todavía puedo ver al abuelo, en la sala de su casa, a media luz y fumando un cigarro con su voz como de radionovela: "Durante los nemontemi previos a la fiesta del fuego nuevo, en esos días malos", decía el abuelo en un susurro, "caminaban sobre la tierra seres espantosos que no sólo asustaban, sino que hacían daño a cualquiera que se encontrara con ellos. Entre aquellos espantos terribles estaba la Llorona".
El abuelo hacía una pausa para aspirar su cigarro mientras nosotros los niños conteníamos la respiración. Sudábamos frío y cualquier ruido nos hacía saltar. "A la Llorona la han visto desde antes que llegaran los españoles. Cuando la escuchaban gritar lastimeramente, todo mundo se metía a sus casas y se escondía". De pronto el murmullo se transformaba en un poderoso grito, "¡y todavía anda por allí!" decía el abuelo al tiempo que golpeaba el suelo con los pies, mientras que todos los nietos gritábamos asustados para luego empezar a reír nerviosamente. En las noches en que el abuelo contaba esa historia, nunca pude dormir tranquilo.
Efectivamente, las crónicas señalaban que antes de la llegada de Cortés, en tiempos de Moctezuma II, había aparecido la Cihuacóatl lamentándose por sus hijos, el antecedente prehispánico de la Llorona. Ella era la primera cihuatéotl.
Pero había más, los mexicas decían que la muerte más excelsa que podía tener alguien era derramar su sangre para alimento de los dioses, especialmente del sol. Así, los guerreros muertos en combate o sacrificados a los dioses tras ser hechos cautivos en las guerras floridas, merecían estar en compañía del sol en el tercer reino de la muerte.
El mismo destino tenían las mujeres muertas al dar a luz. Merecían viajar con el sol. Al medio día, ellas tomaban el lugar de los guerreros para acompañar al sol hasta el crepúsculo. Estas mujeres eran veneradas y reverenciadas por los mexicas, por eso les daban el nombre de cihuateteo, mujeres divinizadas, pues la sangre que derramaron para dar a luz era el crepúsculo que se adormecía rojizo en el poniente, sangre que alimentaba a los dioses.
Pero cada 52 años, en los días nemontemi que preceden a la celebración del fuego nuevo, los antiguos no reverenciaban a las cihuateteo, por el contrario, les temían y se escondían de ellas. En esos días, las cihuateteo vuelven a la tierra con sus rostros descarnados buscando con nostalgia a sus hijos, a sus niños, a cualquier niño. Los antiguos hacían máscaras con pencas de maguey para cubrir el rostro de los niños y así confundir y alejar a las cihuateteo.
Después de leer aquello me acosté sin cenar. No sé bien cuánto había dormido pero desperté de pronto. Era de madrugada. La información sobre las cihuateteo en los nemontemi del fuego nuevo me hizo crisis. Las palabras que había leído esa noche golpeaban mi cabeza una y otra vez.
Me inquietaba un pensamiento tan absurdo que ni siquiera me atrevía a decirlo a mí mismo. Hice cuentas. 1975 coincidía con los ciclos mexicas de 52 años y la celebración del fuego nuevo. ¿Sería posible que Ana María hubiera vuelto por Ernesto convertida en cihuatéotl? Era simplemente imposible, era absurdo.
Al día siguiente, en la escuela, platiqué con José, un compañero especialista en cultura mexica. Había conocido a Ana María cuando nos casamos, así que le expuse lo que había investigado sobre los nemontemi y las cihuateteo. Luego le platiqué detalladamente mi historia personal, lo de Ana María, su muerte al dar a luz y la extraña desaparición de Ernesto.
A medida en que iba platicando las cosas, José fue poniéndose serio, luego se mostró un tanto confuso y palideció. Algunas gotas de sudor perlaban su frente. "No puede ser", dijo al tiempo que se ponía de pie. "Lo que dices no puede ser. Esta mañana dejé a mi esposa en su oficina y a mis hijos en la guardería y ahí estaba Ana María, tu esposa. Ella recibió a mis hijos"
José salió corriendo, gritando por sus hijos. Jamás los encontró. Jamás los volvió a ver. La gente de la guardería identificó a Ana María como la mujer que se llevó a sus hijos.
Siempre pensé que la anécdota del abuelo era sólo eso, una anécdota, una de tantas historias. Pero ahora sé que es algo más que una simple historia.

LA LEYENDA DE LA LLORONA Y SUS POSIBLES REFERENTES DE ORIGEN

Escribió don Artemio de Valle-Arizpe a principios del siglo XX que
"no sólo por la ciudad de México andaba esta mujer extraña (La Llorona), sino que se la veía en varias ciudades del reino. Atravesaba, blanca y doliente, por los campos solitarios; ante su presencia se espantaba el ganado, corría a la desbandada como si lo persiguiesen; a lo largo de los caminos llenos de luna, pasaba su grito; escuchábase su quejumbre lastimera entre el vasto rumor del mar de los árboles de los bosques; se la miraba cruzar, llena de desesperación, por la aridez de los cerros; la habían visto echada al pie de las cruces que se alzaban en las montañas y senderos; caminaba por veredas desviadas y setábase en una peña a sollozar; salía misteriosa de las grutas, de las cuevas en que vivían las feroces animalias del monte; caminaba lenta por las orillas de los ríos, sumando sus gemidos con el rumor sin fin del agua" (Valle-Arizpe, 2007: 22).
La leyenda de la Llorona, en su forma más simple, es la siguiente: La Llorona es la historia de una mujer de tiempos de la Nueva España que, al saberse engañada por el hombre al que ama, se venga de él matando a sus hijos. Cuando repara en lo que ha hecho pierde la razón y muere para después aparecer por las noches penando, dando alaridos por las calles de la ciudad lamentándose por sus hijos muertos. El clásico grito lastimero de la Llorona es ¡ay mis hijos!


La leyenda tiene sus referentes en la tradición prehispánica mexicana, específicamente tolteca, que a su vez configura las tradiciones mexica y maya. Conforme a la cosmovisión prehispánica, las mujeres muertas en el parto son consideradas mujeres divinas, cihuateteo para los nahuas, xtabay para los mayas, ya que han derramado su sangre como los guerreros y los sacrificados al sol. Estas mujeres acompañan a Tonahtiuh, el sol, en su recorrido por el inframundo, sirviéndole y combatiendo junto con él a las fuerzas de la noche. Pero cada 52 años, en los últimos cinco días del año prehispánico, los llamados días nemontemi o días aciagos e inútiles, estas mujeres vuelven al mundo buscando a sus hijos. Por eso los hombres y mujeres les temen en esos días y protegen a sus hijos con máscaras hechas de pencas de maguey (Sodi, 1985: 134).

Además, las crónicas indígenas de la conquista y el testimonio de Bernardino de Sahagún relatan que uno de los presagios, el sexto, que recibió el pueblo de Tenochtitlan de su caída fue la aparición de la Cihuacóatl, la madre de los dioses tutelares de la ciudad, gimiendo y lamentándose por sus hijos: "¡Oh, hijos míos, ya nos perdemos! Algunas veces decía: ¡Oh, hijos míos!, ¿dónde os llevaré?" (Sahagún, 2002: 1162).

La herencia europea del mestizaje mexicano por parte de los españoles y portugueses aporta, con mucha probabilidad, los elementos que remiten a la mitología griega y, sin duda alguna, el referente judeocristiano.
La mitología griega muestra cuatro personajes que en la Llorona se vuelven uno sólo: Hécate, Mormo o Mormólice, Lamia o Síbaris y Gelo.
Hécate es la diosa de los infiernos que conduce las almas de los muertos y cuando pasea por los caminos y ciudades los perros aúllan porque ven a los muertos. Hécate es la diosa de la hechicería y se le representaba con tres caras: una de mujer, otra de perro y otra de caballo (Grimal, 1997: 127).
Mormo es un fantasma de una mujer que muerde y chupa la sangre, y las matronas griegas asustaban a los niños con esta historia (Grimal, 1997: 203).
Lamia o Síbaris es una joven de la que se enamora Zeus y tiene un hijo con ella. Hera, en represalia, mata al hijo del adulterio y esto enloquece a Lamia. Ésta, desesperada, se transforma en un monstruo y, por envidia, devora a los niños de las madres que viven felices con ellos (Garibay, 2003: 222).
Por último, Gelo es el fantasma de una joven de Lesbos que, muerta de mala muerte, vuelve de la muerte para perseguir y llevarse a los niños, además de maleficar a la gente (Garibay, 2003: 161)
Por último, existe un referente antiguo, bíblico, de tradición judeocristiana. El texto de Jeremías sobre el exilio a Babilonia expresa cómo Raquel llora por sus hijos muertos y no quiere que le consuelen, porque ya están muertos (cfr. Jr. 31, 15). Este texto se retoma en el evangelio de Mateo con el pasaje de la matanza de los inocentes por Herodes (cfr. Mt. 2, 13-18) y remiten a esta idea de terrible dolor de la madre que llora a sus hijos muertos como la tragedia más grande que alguien podría vivir.

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