10 octubre 2010

LOS MAYAS Y EL 2012


El epigrafista del INAH, Carlos Pallán, expresó que los antiguos mayas en ningún texto dejaron escrito que en 2012 sería el fin del mundo o una fecha catastrófica, porque incluso se hace mención a periodos posteriores a ese año

Ante la proximidad del año 2012, fecha alrededor de la cual diversos sectores de la población mundial especulan acerca de una “transformación profunda” de la humanidad, e inclusive sobre su fin, el epigrafista Carlos Pallán Gayol, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, expresó categórico que en lo que respecta a los antiguos mayas “en ningún texto dejaron escrito que en 2012 sería el fin del mundo, porque incluso manejaron fechas posteriores a ese año”.

De acuerdo con el director del Acervo Jeroglífico e Iconográfico Maya del INAH, tal creencia es moderna y su origen puede rastrearse a la década de los 70 del siglo XX, con las primeras publicaciones de carácter esotérico en las que se “pronostica” el término de la civilización humana, coincidiendo con el décimo tercer ciclo B’ak’tun en la cuenta larga del calendario maya, que correspondería al 21 de diciembre de 2012.

De los aproximadamente 15 mil textos glíficos registrados hasta ahora y que han sido localizados a lo largo del tiempo en distintos sitios del área maya, únicamente en dos inscripciones existe la mención del año 2012. “Conforme la correlación GMT + 2 (Goodman-Martínez-Thompson, más dos días) que utilizan los epigrafistas para convertir las fechas mayas al calendario gregoriano, la fecha exacta sería el 23 de diciembre de 2012 y no el día 21. Ésta se halla registrada en el Monumento 6 de Tortuguero y en un fragmento encontrado en Comalcalco, ambas zonas arqueológicas de Tabasco y relativamente cercanas entre sí”.

Para el epigrafista Carlos Pallán es importante contextualizar estos testimonios arqueológicos. De esa manera, “en la inscripción de Tortuguero se alude a una fecha contemporánea a quienes hicieron el monumento en el siglo VII d.C., y de repente, en el texto jeroglífico, se emplea lo que se llama un número de distancia que nos lleva trece siglos adelante, al 21 de diciembre de 2012.

“Ahora, ¿qué nos dice el Monumento 6 que va a ocurrir en esa fecha?, lo que nos dicen explícitamente es que va a concluir un periodo. Los mayas siempre celebraban los finales de periodo como hoy en día festejamos los aniversarios: los lustros, las décadas, el centenario o el bicentenario de un hecho histórico, pero eso no quiere decir que se vaya a acabar el mundo”.

A diferencia de las sociedades modernas, para los antiguos mayas el tiempo no era algo abstracto, estaba conformado de ciclos y éstos a veces eran tan concretos que tenían nombre y se podían personificar mediante retratos de seres animados, por ejemplo, el ciclo de 400 años estaba representado como un ave mitológica.

Más que una obsesión por el tiempo, los mayas se preocupaban por efectuar rituales que de algún modo garantizaran que el ciclo por venir sería propicio. “Para el caso particular de la mención de 2012, sí se nota cierta insistencia en que aun en fecha tan distante se va a conmemorar un determinado ciclo calendárico. Éste ha sido el meollo de la confusión.

“Algunas veces se han dicho cosas tan absurdas como que los antiguos mayas no conocían más allá de este ciclo o que una vez llegado este periodo el tiempo se acabaría. Los mayas usaban ciclos gigantescos, inclusive de miles de millones de años por medio del sistema de la cuenta larga y que también era común para otras culturas de Mesoamérica como la istmeña o mixe-zoque. “Lo esencial es que los mayas jamás mencionan que se vaya a acabar el mundo ni el tiempo”.

Carlos Pallán abundó que en este mismo sentido, el pasaje concreto del Monumento 6 de Tortuguero es muy breve y simplemente dice que una vez que se cumpla el décimo tercer B’ak’tun, el 23 de diciembre de 2012, descenderá del cielo Bolon Yokte’ K’u, es decir, el dios — o dioses— de los Nueve Pilares”.

Lo anterior, señaló, “no debe interpretarse como un evento catastrófico, pues los mayas manejaron fechas posteriores a 2012. Incluso en el Templo de las Inscripciones de Palenque se mencionan fechas que ocurren más de dos mil años después, es decir, en 4772. Llos mayas jamás pensaron que el tiempo terminaría en nuestra época, lo que nos refleja la conciencia que alcanzaron sobre el tiempo, a partir del desarrollo matemático y de la escritura.

“Al saber esto algunas personas se decepcionan porque suponían que los antiguos mayas nos habrían dejado mayores datos para interpretar nuestra actualidad, pero en general eran muy concisos, incluso para referirse a eventos de su tiempo”.

Uno de los intereses de los mayas era legitimar su poder mediante calendarios, y vinculaban a quienes gobernaban con algo más grande, ya fuera con dioses que habían nacido años atrás o bien con complejas narrativas míticas.

05 octubre 2010

LA SANTA COMPAÑA: LA PEREGRINACIÓN DE LOS MUERTOS

Miles de testimonios aseguran haber visto una procesión de figuras con sudario, que avalarían la existencia del mito gallego de la Santa Compaña. ¿Qué hay de cierto? Veamos las hipótesis más sugestivas y los relatos de algunos testigos.

A la Santa Compaña la describen como una procesión de figuras vestidas de blanco y cubiertas con sendas capuchas.

El doctor Pereira regresaba a casa al filo de las dos de la madrugada tras atender un parto difícil en una aldea vecina. Al doblar un recodo del camino se encontró con La Compaña. Era un grupo de unas ocho tétricas figuras vestidas de blanco y cubiertas con sendas capuchas comandado por un pálido individuo que portaba una gran cruz de madera. La fantasmal comitiva se movía en el más absoluto silencio, mientras un fuerte olor a cera quemada lo inundaba todo. De repente, el grupo se detuvo frente a la casa de Manolo, el de la ferretería. El pánico dominó al doctor Pereira que salió disparado, como alma que lleva el diablo, para refugiarse en su vivienda, al otro lado del pueblo. Atrás quedaba el mito imposible que había visto con sus propios ojos: La Santa Compaña. Cuatro días después Manolo el ferretero moría de un infarto en la tasca del pueblo.

Este es uno de los casos típicos y tópicos que el folklore y la cultura popular gallega amontona entre los relatos de los viejos lugareños de cualquiera de sus aldeas. Y es que resulta muy difícil, aún en el siglo XXI, encontrar una aldea o pueblo gallego en el que no exista, al menos, un testigo de estas insólitas apariciones.

Pero, aunque en menor número, las apariciones no han desaparecido. En El Ferrol, Juan Pérez decía: Estaba con mi hermano en el coche, cerca de la playa, cuando los vimos. Eran una media docena. Todos vestían túnicas blancas, como de monjes, y se movían en silencio por encima de las rocas. Nos quedamos petrificados sin poder decir palabra.

Bruno Alabau, otro testigo de la insólita aparición, fue el más explícito, ya que pudo presenciar el fenómeno desde más cerca: Fue en marzo de 1982, en Gisamo, La Coruña. Yo era boyscout y me encontraba con mis compañeros en una acampada de fin de semana. Después de la cena, ya era de noche, hicimos un acecho, una especie de juego del escondite. Yo decidí rodear el campamento a través del bosque, así que me fui colina abajo y cuando estaba llegando al camino vi unas luces. Pensé que sería alguno de mis compañeros así que me escondí detrás de unos árboles con la idea de darles un susto, pero el asustado fui yo. No me preguntes qué era aquello. Eran siete personas en dos filas de tres y con uno de ellos delante, entre las dos filas. Todos vestían igual, una especie de túnicas terminadas en unos capuchones, como los de Semana Santa. El de delante llevaba una gran cruz que parecía hecha con dos maderas planas. Y los dos que le seguían, uno en cada fila, llevaban una gran vela cada uno. Los otros cuatro no llevaban nada. Me quedé allí, como paralizado, hasta que cruzaron frente a mí y se perdieron tras los árboles. Luego volví corriendo al campamento pero no conté nada a nadie; me tomarían por loco.

Según la tradición popular, Bruno habría tenido mucha suerte, ya que el fundamento del mito es el de que La Santa Compaña está compuesta por un grupo de difuntos precedidos por un vivo condenado a salir todas las noches a los caminos, comandando la fúnebre peregrinación, portando la cruz o un cubo de agua bendita, hasta encontrarse con otro vivo a quien traspasar la condena y así quedar libre. De no hacerlo así, en un determinado tiempo iría enfermando y palideciendo gradualmente hasta morir.

Dicen los lugareños que no todos los mortales tienen la facultad de ver con los ojos a La Compaña. Según la tradición, tan sólo ciertos dotados poseen la facultad de verla: los niños a los que el sacerdote, por error, bautiza usando el óleo de los difuntos, poseerán, ya de adultos, la facultad de ver la aparición. Otros, no menos creyentes en la leyenda, habrán de conformarse con sentirla, intuirla. Y es que habría una serie de indicios de la proximidad de la aparición como podría ser el olor a velas surgiendo de repente, o el espanto de determinados animales: perros, gatos, caballos, que según la leyenda pueden ver esos fantasmas por algún tipo de sensibilidad especial.

El buen creyente habrá de dejarse guiar por esa intuición y tomar igualmente las medidas oportunas. En las afueras de La Coruña, existe el caso de Fernando A. Hermida: Iba con mis hermanos a ver una carrera de motos cerca de Santa Cristina. Debían ser las ocho, pero como era invierno ya había anochecido. De repente, escuchamos que los perros de una finca cercana comenzaron a ladrar como locos y un fortísimo olor a cera quemada nos rodeó. No es que yo crea en esas cosas pero, por si las moscas tracé un círculo en el suelo a nuestro alrededor, hicimos la higa con las manos y gracias a Dios no pasó nada.

En la localidad pontevedresa de Marín, existe otro caso, el de Charo Santiago: Yo regresaba a casa después del trabajo. Aquella noche había salido un poco más tarde porque teníamos tarea atrasada. Salí de la carretera principal de Marín por el atajo que tomaba siempre que tenía prisa. Entonces los vi. Eran unos diez. Vestían todos de blanco y algunos llevaban luces, velas o candiles. Estaban parados delante de la casa de Maricarmen, una vecina que conozco hacía años. Yo me asusté mucho y eché a correr hasta llegar a casa. No lo comenté con nadie hasta que dos días después esta vecina moría de repente, de no sé qué enfermedad rara.

En los montes orensanos se han visto en numerosas ocasiones "A procesión das Ánimas", La procesión de las ánimas, denominación lugareña de La Compaña.

Javier Alonso Rebollo comenta que en sí mismo este mito reúne las características clásicas de los populares fantasmas, a pesar de verse influido por otros aspectos del folklore gallego. Uno de los mayores legados que el neolítico dejó en esta región es el de la vida más allá de la muerte, y las diversas corrientes culturales y heréticas que llegaron a Galicia trajeron la creencia en que eran posibles las comunicaciones con ese más allá. Esto podría entroncar con determinadas creencias espiritistas. Pero además La Santa Compaña presenta un aspecto precognitivo al anunciar la muerte del visitado por esta comitiva, y también aspectos relativos al desdoblamiento astral, ya que el vivo que ha de presidir la peregrinación no podrá esconderse en ningún lugar ni huir. Según el mito, cada noche, inevitablemente, y mientras no traspase la cruz a otro vivo, saldrá de su cuerpo cuando esté dormido y aparecerá nuevamente al frente de la procesión de difuntos.

Sea como fuere, miles de personas en toda Galicia aseguran haberla visto. Cientos de testigos afirman haberse topado en las oscuras corredoiras gallegas con una fantasmal procesión compuesta de pálidos espectros vestidos de blanco, mensajeros de la muerte y del miedo. Y aunque un amplio sector de la población dude de su existencia... “haberla hayla”.


El Caso De Sofía Pérez

En el municipio pontevedrés de Budiño existe uno de los casos más típicos y arquetípicos de aparición de la Santa Compaña. Sofía R.Pérez es un ama de casa de 42 años, madre de cuatro hijos, conocida y respetada por todos los vecinos del pueblo. A pesar del tiempo transcurrido desde su experiencia, Sofía la recuerda perfectamente.

Yo tenía ocho años comenta cuando ocurrió. Mi madre y yo habíamos salido para visitar a una amiga y bajábamos por el camino de detrás de la casa, cerca del cementerio.

No era muy tarde, pero como era invierno ya era de noche. Fue justo al llegar al cruce. Yo oí un ruido de pasos muy grande, como si se acercase mucha gente. Le pregunté a mamá si lo oía y dijo que sí. Entonces vimos que bajaba por la carretera una procesión, como de un entierro. Eran muchos, no sé el número, pero todos vestían igual. Llevaban una especie de túnicas negras que les cubrían todo el cuerpo, con una capucha también negra. Pasaron muy cerca de nosotros.

Nos quedamos paralizadas. Yo era muy pequeña y no entendía muy bien qué era aquello, pero mi madre estaba aterrorizada, me apretaba muy fuerte contra ella, diciéndome que no hiciera ruido. Y cuál fue nuestra sorpresa que al final de la fila de La Compaña, vimos a una mujer; ¡A una vecina nuestra!

Era la Tía Preciosa, una vecina que vivía unas casas más arriba de la nuestra. Yo la reconocí por su forma de andar, porque tenía un defecto en las piernas y luego la vimos muy claramente. Llevaba como un palo en la mano y una especie de piedra como un mármol, pero muy, muy brillante. Pasó a nuestro lado en silencio como un ánima. Y se fue detrás de la Santa Compaña.

No nos dio tiempo de preguntarle qué hacía allí. Cuatro días después de pasar esto, a tía Preciosa moría. Estaba en la cocina y un rayo entró por la chimenea y la mató. Yo creo que aquello fue un aviso, todos avisamos antes de morir.


Todos los nombres para un fenómeno:

Procesión de las ánimas: Aplicado especialmente en el sur de Galicia, sobre todo en Orense.

Santa Compaña: Aplicado mayoritariamente en Galicia Norte.

Hoste o Hueste: Aplicado en algunos lugares al formar la comitiva una especie de hueste o mesnada.

Hostilla: del latín enemigo, aunque probablemente contaminada en la evolución de la tradición de las ánimas.

Estatinga o estadinga: considerada una derivación de hostia antiga o Nemigo antigo.

Estadea: derivación probable de estadal, la vela usada para iluminar a los difuntos.

Antaruxada: uno de los nombres menos frecuentes.

Pantalla: En opinión de Vicente Risco, fusión de los términos Pantasma y Espantallo.

Visión: En este caso sinónimo de aparición.

Visita: En clara referencia a la intencionalidad de la aparición. Respecto a esa intencionalidad del fenómeno existen numerosas versiones, aunque las más compartidas por los testigos sedan las siguientes:

Para pedir misas por su salvación a los familiares vivos, para reprochar a los vivos pecados o faltas cometidas, para reclamar el alma de un pecador que morirá tiempo después de la aparición, para cumplir una pena infringida por alguna autoridad del más allá a fallecidos en pecado.


Fórmulas De Protección

La cultura rural expone también una serie de estrategias para librarse de la condena en caso de toparnos frente a frente con La Santa Compaña. Existen varias fórmulas de protección, aunque las más populares serían:

Acompañarse de un gato negro y, en caso de toparse con la macabra procesión, arrojárselo y huir. Sabido es el rico simbolismo mágico del gato en todas las culturas.

Trazar el Círculo de Salomón rápidamente en el suelo e introducirse dentro, no abandonándolo hasta que La Compaña haya desaparecido.

Determinados gestos mágicos como la figa o higa o los cuernos.

28 agosto 2010

LA TUCHA

Jorge H. Álvarez Rendón, cronista de Mérida



Corría el año de 1635 y a 164 metros de la actual plaza de Santiago, en una casona de cal y canto, estaba el hogar de don Alfonso de Arévalo y Narváez, su esposa Candelaria y seis de sus hijos, cinco de los cuales eran varones. La niña tenía por nombre Josefa Margarita Petronila Aurora Carlota de Arévalo y Fuensalida y era, a sus 12 años, un portento de belleza. Se le admiraba no sólo por lo rubio de sus cabellos, sino por el exquisito verdor de sus ojuelos. Un defecto tenía y de los graves: era soberbia hasta decir basta. Hablaba siempre con visible altanería y despreciaba a las 15 indígenas que formaban el servicio doméstico en el caserón paterno. Como dice la canción: se creía superior a cualquiera.

Cuando aquellas le preparaban su hamaca de lino con hebras de plata, cuando recogían su bacinilla de porcelana, cuando le ceñían sus chinelas de seda, Josefa Margarita Petronila Aurora Carlota les alzaba la voz de humillante manera. Ellas, qué remedio, callaban.

Una tarde, Josefa Margarita y nueve de sus nanas fueron a caminar por la plazoleta donde, en aquellos años de la colonia, acostumbraban vender frutas, verduras y baratijas los campesinos que venían a Mérida desde los pueblos. Como le llamaron la atención unas muñecas de barro que ofrecía una anciana de ojos muy negros, la niña, llena de arrogancia, preguntó: —¿A cómo vendes estas muñecas, mestiza? La anciana respondió con mucha cortesía: —Estás más linda que un amanecer, mi niña. Esta muñeca vale medio real, pero es gratis para ti, Josefa Margarita. Sorprendida porque la habían reconocido, la niña contestó enseguida, en el umbral de la ira: —Pues fíjate que no necesito que me regales nada, india de porquería. Yo soy una Arévalo y Fuensalida. Quédate con tus mugres muñecas.

La anciana bajó la cabeza y con un “chilib”, sin que nadie la viera, dibujó en el suelo de tierra los siete ojos de la madre tierra. Josefa Margarita ignoraba que aquella mujer no era una simple campesina, una vendedora más, sino Xlabaxorón, la más poderosa bruja del poniente de Yucatán, conocedora de muchos sortilegios y conjuros mágicos.

Cuando amaneció Dios al día siguiente, ocho sirvientas fueron a despertar a Josefa Margarita con almibarados cantos y música de guitarras, pero se llevaron un susto enorme. Al abrir la hamaca de lino con hebras de plata, al extender el fino camisón, lanzaron un grito que se escuchó hasta en el palacio del gobernador.

—¡Una tucha, Dios mío, en la hamaca de la niña Josefa hay una tucha horrible y apestosa! En efecto, en mitad de la rica hamaca, semioculta entre el camisón de holanda, estaba una mona de ojos sucios y pelo ensortijado que despedía un olor parecido al vómito de 10 borrachos o al pelo quemado de una vieja con sarna. Con palos y chancletas persiguieron las sirvientas a la mona, que corrió por toda la casa dando alaridos, botando floreros y candelabros, hasta que, perseguida por los tres perros de la casa, Matagatos, Rasgabuches y Berganza, escapó al refugio de los techos.

¿Dónde estaba Josefa Margarita Petronila Carlota de Arévalo y Fuensalida? ¿Qué le había pasado a esa niña? ¿Acaso la había devorado esa tucha asquerosa? Dos reconocidos médicos que llegaron para discutir el caso afirmaron que las tuchas no comen carne, sino únicamente tamarindos, nance, plátanos, pedazos de sandía y ciruelas con sal y chile.

El gobernador interino Fernando Centeno Maldonado mandó 80 alguaciles y el arzobispo ordenó a los monjes franciscanos que rezaran día y noche a Nuestra Señora de la Difícil Esperanza, pero Josefa Margarita no aparecía. A gritos la llamaban por las esquinas y en las calles más alejadas de Mérida. Cuatrocientos mancebos revisaron pozos y aguadas. Salió gente a caballo hacia los puertos de Sisal, Telchac y Dzilam.

Josefa no estaba lejos. En el techo de su casa, sentada sobre la fea cola que le había aparecido por mágicas artes, devoraba cucarachas verdes, alacranes, caca de murciélago y aguacates a medio podrir, mientras contemplaba a sus padres y hermanos comer puchero de tres carnes, escabeche de pava, longaniza asada, potaje de repollo y lengua de vaca. Tras 15 días de dormir a la intemperie y comer inmundicias, después de llorar su soberbia y tantas altanerías, la niña transformada en mona clamó a los cielos: —Por favor, no resisto más. Quiero ser otra vez Josefa Margarita Aurora Carlota de Arévalo y Fuensalida. Me arrepiento de mi maldad.

Sólo salir el sol, las sirvientas encontraron a la niña que dormía, sucia, cagada y sin zapatos, junto a su hamaca de lino. La alegría en la casa y la ciudad fue inmensa. Las campanas de todas las iglesias tocaron a rebato, el gobernador ordenó que el día se anotara como laudable en los calendarios y el arzobispo concedió 1,200 indulgencias de media carga y plenarias.

Ya bañada y restablecida, Josefa Margarita suplicó que la llevaran a la plazoleta de Santiago, encontró a la anciana de negros ojos y le dijo muy quedito: —Gracias, madrecita. Ya aprendí la lección. ¿Puedes darme la muñeca? Desde entonces, extendido el rumor, al cruce de las actuales calles 57 y 66, donde estuvo la casa de la niña, se le conoce sencillamente como esquina de “La tucha”.

13 agosto 2010

EL CRISTO DE LAS AMPOLLAS

La crónica relata que, en el año de 1603, un vaquero le comunicó al cura de Ixmul, don Juan de la Huerta, haber visto, muchos viernes de Cuaresma, un árbol del que salían unas luces de grandes resplandores, al que posteriormente el Obispo Carrillo denominó árbol de luz. La gente del pueblo, al parecer había dado poca importancia al suceso, pues era época de quemas y por lo tanto, común ver resplandores de noche.


El religioso hizo cortar el árbol “poco común” y trasladar el tronco a la casa cural, luego anunció públicamente que haría tallar una imagen de la Santísima Virgen, en su advocación de la Purísima Concepción. Más tarde hizo su “aparición” un joven desconocido que se dijo escultor de santos, solicitando trabajo según su oficio. Don Juan de la Huerta le pidió al mozo tallar en el tronco la imagen de la Purísima Concepción. El tallador se encerró en un cuarto sin herramienta alguna, ordenando que no se le interrumpiese por ningún motivo. En un solo día y sin hacer caso de la petición, esculpió un Cristo y desapareció inmediatamente, sin saberse más de él.

La imagen, que según se explica, quedó enhiesta sin peana ni base como sosteniéndose derecha por sí misma, fue trasladada a la iglesia del pueblo, y según la narración, manifestó sus portentos a favor de los enfermos, de los pobres y de los afligidos. Las peregrinaciones no se hicieron esperar y la casi desconocida iglesia del pueblo de Ixmul se convirtió en un santuario regional de devoción popular.

Una noche el fuego consumió la iglesia; redujo a cenizas los altares y retablos, calcinó las piedras, desplomó la techumbre, cuarteó los muros, derritió los vidrios y metales; permaneciendo sin quemarse la imagen del crucificado, ennegrecida y con ampollas pero airosa ante la fuerza del fuego, prueba irrefutable de su portento.

El párroco de la Huerta falleció en Hocabá, a la edad de 70 años en 1644 y dejó como herencia, al Cabildo Catedral, el Cristo de las Ampollas con todos sus recursos y ahorros, para que con ellos se fundara una capellanía y así “asegurar el porvenir y el culto de la sagrada imagen”. El tres de mayo del año siguiente la imagen, entonces titulada de Santísimo Cristo de los Milagros, o Cristo de Hocabá, fue trasladada a la ciudad de Mérida y depositada en la iglesia del convento de monjas concepcionistas, de la que fue trasladada el 16 del mismo mes y año, en solemne procesión, a la Catedral Metropolitana y colocada en el altar de Ánimas.

11 agosto 2010

LA MUERTE DE PAKAL


El 31 de agosto del 683 d.C., 6 Edznab 11 Yax en el calendario maya, se extinguió la luz sagrada que había iluminado a Palenque durante muchas décadas. Iniciaba su nuevo ciclo, el de la muerte, el señor Pakal Escudo Solar Bajluum Votan Kinich Aahu, cuyo día de nacimiento se había hecho coincidir en las inscripciones con el de la Primera Madre, la diosa Zac K’uk o Garza Blanca, nombre que llevaba también la madre del soberano. Ese día fue el 23 de marzo del 603 d.C., 8 Ahau 13 Pop.

Al ligar su origen al de los dioses, se confirmaba su carácter sagrado y su destino de convertirse en el más sabio gobernante de Palenque. Once años antes de su fallecimiento había descendido al reino de las sombras su esposa Ahpo Hel, dejando a Pakal en una dolorosa soledad.

En el momento preciso de su muerte, ocurrida en su habitación del palacio, colocaron en su boca una cuenta de jade, que recogió el aliento vital. Luego pusieron entre sus labios un poco de masa de maíz, sustancia sagrada con la que habían sido formados los primeros hombres; en seguida lo amortajaron con lienzos de algodón, y a un lado de la estera en la que reposaba depositaron vasijas con agua y alimentos, así como sus amuletos protectores.

Después de velarlo durante tres días, de hablarle continuamente para que no se sintiera solo, cuidando su sombra y orando a los dioses para mantener con vida su espíritu mientras iniciaba su camino por el mundo inferior, sus hijos Chan-Bahlum y Kan Xul, sus nueras y sus nietos, se prepararon para celebrar la gran ceremonia funeraria. A través de ella los vivientes pondrían su parte a fin de ayudar al espíritu del gran señor en su peligroso descenso hacia el Xibalbá, el "Lugar de los que se desvanecen", donde se encontraría frente a frente con Ah Puch, "El Descarnado", para luego morir definitivamente, es decir, transformarse en energía de muerte y ocupar su sitio en el frío y oscuro reino subterráneo.

Pakal iría al Xibalbá porque había fallecido de muerte natural, aunque su condición sagrada le permitiría ascender al nivel terrestre y al cielo en algunas ocasiones. Otros, como los que morían por alguna causa acuática, ahogados o calcinados por un rayo, iban al Paraíso de la Ceiba, un lugar de placeres terrenales, mientras que los sacrificados a los dioses y las mujeres muertas de parto tenían como destino el cielo, para vivir eternamente acompañando al Sol en su recorrido diario; porque el lugar a donde iban los espíritus después de la muerte del cuerpo dependía de la forma de morir y no de su conducta en la existencia corpórea. Las faltas se castigaban en vida, generalmente con alguna enfermedad.

Muchos años antes de su muerte, el propio Pakal había ordenado construir su sepultura, recreando sobre ella, en la forma de una alta pirámide de nueve niveles, el espacio infraterrestre, que se concebía como una pirámide invertida de nueve estratos por los que su espíritu habría de descender hasta llegar a su última morada. En lo alto de la pirámide erigió un templo donde mandó escribir la historia de su linaje y donde se le rendiría veneración, pues por haber sido un gobernante iniciado, un gran chamán, al morir se convertiría en un dios. Acudiendo al llamado del rito en su honor, su espíritu ascendería por un angosto canal en forma de serpiente que iba desde la cámara funeraria hasta el templo, porque ese sitio donde había colocado su enorme sarcófago representaba precisamente el Xibalbá, la región situada en el noveno estrato del inframundo.

En una bella lápida que se colocaría sobre su sarcófago, Pakal hizo esculpir una gran imagen cósmica que definía su sitio en el centro del universo, como ser humano y como gobernante. Ahí está él, recostado sobre el mascarón descarnado que representa el aspecto de muerte del dios supremo, que era un gran dragón bicéfalo. El signo del Sol, que al lado del de la muerte corona el mascarón, indica el camino del astro por el mundo infraterrestre. Así, el gobernante, identificado con el Sol, descendería como él al inframundo y renacería sacralizado.

El cuerpo de Pakal se representó en la entrada de la gran boca de la tierra que conduce al inframundo, formada por las fauces superiores levantadas de una serpiente de dos cabezas, símbolo del reino de la muerte. De la nariz del gobernante surge un signo que representa al espíritu abandonando el cuerpo, y desde su pecho se levanta una cruz que remata en lo alto con una mandíbula de serpiente hecha de cuentas de jade, piedra que representa la vida, sobre la que se posa a su vez el pájaro-serpiente, otro símbolo del dios supremo en su aspecto celeste y solar. La barra horizontal de la cruz es una serpiente de dos cabezas, como la del inframundo, pero con mandíbulas de jade.
Esta cruz serpentina es la imagen del dragón celeste, pero también el árbol que está en el centro del mundo y que divide los cuatro rumbos cósmicos, y en ella se enlaza otra serpiente bicéfala de cuyas mandíbulas abiertas surge el rostro del dios Kawil o Bolón Dz’acab, protector de los gobernantes. Alrededor de esta compleja representación simbólica del universo como lo concebían los mayas, formado por tres niveles: el cielo, la tierra y el inframundo, con sus cuatro rumbos, se esculpió la Vía Láctea, poblada de astros, que para los mayas era también el cuerpo del gran dragón celeste.

En este universo, pleno de fuerzas sagradas, el ser humano es el eje, lo que concuerda con la idea del hombre que revelan los mitos sobre el origen del mundo, como el del Popol Vuh, donde el hombre es el único ser que tiene la misión de alimentar a los dioses.

El solemne cortejo salió del palacio cargando el bulto mortuorio de Pakal. Cuatro hombres portaban antorchas, y en lo alto de la pirámide se había encendido copal. Tras el cuerpo marchaba el Señor Serpiente, sumo sacerdote, seguido por los sacerdotes del culto solar y por la familia del gobernante, así como por cinco hombres y una mujer que serían sacrificados en la entrada de la sepultura con el fin de que sus espíritus acompañaran al del sagrado señor.

Una vez en el templo que coronaba la pirámide, el cual representaba la superficie de la tierra, iniciaron el descenso por la oscura escalinata, alumbrados por las antorchas, conscientes de que recorrían simbólicamente el tortuoso camino a través de los nueve niveles del inframundo, como la mayoría de los espíritus de los muertos, y como lo hicieron aquellos héroes ancestrales Hunahpú e Ixbalanqué, que después se convertirían en el Sol y la Luna. La cámara funeraria situada en el noveno nivel de la pirámide aseguraba mágicamente que el espíritu de Pakal sortearía los peligros que acechaban en el camino descendente y que hallaría su lugar de reposo en el Xibalbá.

El gran sarcófago monolítico, con un hueco en el centro que semejaba un útero para recibir el cuerpo del sagrado señor, había sido ya limpiado y preparado; asimismo, el día anterior se había labrado la fecha de la muerte en el canto de la lápida que cubriría el sarcófago. El cuerpo de Pakal, ya liberado de la mortaja, fue cuidadosamente depositado por los sacerdotes en el hueco pintado con rojo cinabrio; luego fue rociado con el mismo polvo rojo que aludía a la inmortalidad porque era el color del oriente, por donde resucita el Sol cada mañana, y le colocaron sus joyas de jade: una diadema sobre la frente, pequeños tubos que dividían la cabellera en mechones, collares, orejeras con colgantes de madreperla, pulseras y anillos.

En su rostro pusieron su máscara de mosaico de jade, que conservaría su identidad para siempre; sobre su taparrabo otra pequeña máscara, y a sus pies una figurilla del dios solar que siempre lo había protegido. Como objetos sagrados especiales, le colocaron un dado y una esfera de jade en las palmas de las manos, lo que significaba que él, como chamán intermediario entre los dioses y los hombres, había dominado el espacio cuadrangular y el tiempo circular, con su sabiduría, su conciencia y su acción ritual. Otras dos cuentas de jade fueron depositadas en sus pies para asegurar la fuerza de la energía vital durante el camino. Luego cerraron el hueco con una tapa de piedra, colocaron encima la gran lápida labrada y deslizaron bajo el sarcófago las cabezas de estuco que habían formado parte de las más bellas esculturas de Pakal y Ahpo Hel. Antes de salir pusieron en el suelo vasijas con agua y alimentos, ya que el espíritu inmortal del sagrado señor conservaría durante el viaje las necesidades corporales.

Después de sellar la pequeña puerta triangular que daba acceso a la cámara, sacrificaron a los cinco hombres y a la mujer que acompañarían al señor. Luego construyeron un muro, tapiando el corredor que conducía a la cámara, y en una caja de piedra adosada a este muro dejaron otros platos de barro con alimentos, cuentas y orejeras de jade, conchas llenas de pintura roja, símbolo de inmortalidad, y una hermosa perla. Hecho esto, la comitiva ascendió al templo y bajó de la pirámide, despidiéndose del gobernante con cantos y oraciones.

Otros muchos personajes fueron sepultados en la ciudad de Palenque, como una mujer, sin duda del linaje de Pakal, cuyo sarcófago fue hallado dentro de un basamento menor al lado del Templo de las Inscripciones, nombre que se le ha dado a la pirámide de Pakal. No sabemos quién fue esa señora, ya que no hay inscripciones en su tumba, pero por el color rojo de la inmortalidad que la cubría totalmente se le conoce como la "Reina Roja".

Los soberanos de otras ciudades mayas, como Calakmul, fueron enterrados también en lujosas sepulturas, con sus máscaras y joyas de jade. Pero además de la inhumación, en el mundo maya hubo otras formas de disposición del cadáver. Entre ellas la principal fue la cremación; las cenizas de los muertos se colocaban en urnas y se depositaban bajo los templos o las casas. Algunas urnas funerarias se decoraron con imágenes del monstruo de la tierra y del jaguar, que simboliza al Sol en su viaje por el inframundo. Ello expresa la idea de que así como el Sol muere al entrar en el ocaso al mundo inferior y renace por el oriente, el muerto renacería a otra forma de vida espiritual eterna.

Los muertos eran enterrados en lugares relacionados con su condición y su actividad. Los esqueletos muchas veces se acompañaban de otros restos humanos o de animales, como el jaguar, relacionado con el poder de los gobernantes y con el Sol en su viaje por el inframundo; frecuentemente se sacrificaba al perro del muerto para que lo transportara sobre su lomo al cruzar el gran río que precedía al Xibalbá, idea que se encuentra en muchos otros pueblos del mundo. Los niños eran colocados en posición fetal, dentro de vasijas que representaban el vientre materno, y a veces cortaban a la madre una falange para acompañar al infante.

Los ajuares funerarios corroboran la creencia en una supervivencia del espíritu después de la muerte del cuerpo, pues tenían el propósito de alimentar y cuidar al espíritu en el tránsito hacia el Xibalbá.

Además de las ricas joyas y elegantes vasijas halladas en las sepulturas de los grandes señores, se han encontrado múltiples objetos relacionados con la actividad del muerto, como herramientas, armas, códices y la parafernalia de los chamanes. Dado que los mayas creían que los animales, las plantas y hasta los objetos hechos por el hombre tenían un espíritu, es claro que era esta parte invisible la que sería utilizada por el espíritu del muerto; por eso en las sepulturas hay vasijas rotas intencionalmente, es decir, "matadas".

En los días que siguieron a la ceremonia funeraria de Pakal el Grande, los palencanos rellenaron con escombros la escalinata que conducía a la cámara funeraria hasta que estuvo completamente obstruida, para que nunca, nadie, hallara el sagrado recinto. Y antes de colocar la tapa que sellaría la escalera, depositaron dos orejeras de jade.

Pero los deudos del gran señor de Palenque no imaginaron que 1269 años después, en 1952, un hombre que supo respetarlos y amarlos, Alberto Ruz Lhuillier, descubriría la imponente sepultura, dando así, al gran Pakal, la inmortalidad para este mundo.











09 agosto 2010

LOS ALUXES

En un tiempo muy remoto, cuando el sol todavía no calentaba la tierra, los aluxes amontonaban enormes piedras con sólo silbar, de esa manera, en un abrir y cerrar de ojos levantaron los grandes monumentos de las ciudades mayas; por eso, aunque imperceptibles, miles de años después aún cuidan con recelo sus dominios.


Palabras más, palabras menos, los mayas de hoy cuentan que así fueron edificados los ejemplos más excelsos de su arquitectura: El Adivino de Uxmal, El Templo de Kukulcán en Chichén Itzá, El Templo de las Siete Muñecas en Dzibilchaltún, y tantos otros que asombran a propios y extraños.

El aluxe tiene una función primordial como cuidador de milpas, un ser que cobra vida gracias a los trabajos de un jmeen o brujo.

Para los mayas actuales, la primera humanidad estuvo constituida por enanos que fueron destruidos por un diluvio. La creencia es que la humanidad está ahora en su cuarto ciclo y que la raza primitiva de Yucatán fue de pequeños hombres sabios que construyeron las grandes urbes, de las que ahora únicamente quedan ruinas como testimonio.

Con presteza, los aluxes laboraban en la oscuridad debido a que el astro rey todavía no aparecía en el firmamento, cuando esto sucedió, según otra versión, los pequeños seres se convirtieron en piedra.

Cierto o falso, el hecho es que los aluxes se consideran moradores de las zonas arqueológicas, e incluso, son ellos quienes deben conceder el permiso a los arqueólogos y sus equipos de trabajo para realizar excavaciones en estos lugares. Es por eso que antes de iniciar temporadas de campo, se lleva a cabo algún tipo de ceremonia.

Un jmeen o brujo es el intermediario para dar vida a un aluxe en respuesta a la solicitud expresa de un campesino o dueño de terreno en general, a fin de que el aluxe le ayude a vigilar, ya sea una finca, quinta, monte, milpa o henequenal.

La representación de un aluxe suele ser una figura de entre 5 y 20 centímetros de altura, hecha de barro, cera, madera, tela u hoja de elote, sobre la que se derraman nueve gotas de sangre del dedo del campesino que quiere convertirse en su amo.

En una parte recóndita del monte o del sembradío, el jmeen es el encargado de la hechura del aluxe, que también se denomina arux, aluxo’ob o alux k’at.

Los ojos, las uñas y los dientes son simulados con semillas de frijol, mientras el vestido es de hoja de maíz, aunque la figura también puede ir desnuda. Después, el jmeen prende algunas velas y presenta el aluxe al sol y al dios de la lluvia, acto seguido le vierte algunas gotas de sangre y le sopla en su parte posterior, para luego pronunciar el nombre del amo.

El aluxe cuenta con ánima y está en posesión de su dueño, se dedicará a espantar a los ladrones de los productos de la tierra, con silbidos y pedradas. Así mismo, atacará y castigará a quienes cometen actos indebidos en el terreno agrícola, lo cual incluye enfermedades.

Es en este punto en el que la propiedad de un aluxe puede resultar contraproducente, pues si el beneficiario de sus servicios se olvida de su manutención o de respetar sus días de descanso, el mal caerá sobre él.

Un aluxe suele trabajar por la tarde, cuando su amo ya se ha retirado de la milpa. Se aparece con sombrero y escopeta en mano, además de ir acompañado de un perro; según la creencia de los lugareños descansa martes y viernes, días que aprovecha para tomar saka o atole de maíz que le dejan sus dueños.

Los mayas de la península de Yucatán piensan que el aluxe es un ser conciente, capaz de cumplir promesas al milpero, pero también de castigar a los incumplidos y a los transgresores.

Cuando la relación entre el campesino y el aluxe debe terminar en vista de alguna enfermedad, término de la milpa, cambio del dueño del terreno o descontento de su amo por alguna travesura del “duende”, es prudente recurrir de nuevo al jmeen para que éste le explique al aluxe las causas por las cuales se prescinde de sus servicios.

Se cree que un aluxe es un enviado de la divinidad cristiana, sin embargo, con menor frecuencia algunos consideran que es un aliado del diablo. Y si bien con su ayuda habrá siete años de prosperidad agrícola, al término de ese lapso puede ‘llevarse’ a su amo, así que no es de fiar.

Como todo mito, el aluxe no muere, sólo vuelve a su lugar de origen: monte, gruta, cenote, ruinas… allí, si alguien permanece atento en medio de la noche, podrá escuchar los sigilosos pasos de estos seres que aparecieron en el inicio de los tiempos.

21 julio 2010

LA GRINGA DE LA MURALLA

Yo tendría unos 6 o 7 años cuando viajé por vez primera a Monclova... Esto sería por allá por 1980. Entonces la carretera Saltillo-Monclova no es lo que es hoy. Como muchas carreteras de ese tiempo, era un camino más bien angosto, de dos carriles y con dos tramos de extremo peligro por la cantidad de curvas cerradísimas que tenía, uno, "Las Imágenes", a unos cuantos minutos de Saltillo, llamado así por unas formas en los cerros que asemejan animales, y "La Muralla", más o menos a la mitad de camino entre Monclova y Saltillo, cerca de los límites de los municipios de Ramos Arizpe y Castaños.


La Muralla es una sección de la carretera que cruza la sierra a la altura donde se juntan Coahuila y Nuevo León. Antes de la rectificación de la carretera a principios de la década del 2000, la Muralla tendría poco más de 100 curvas que subían y bajaban la sierra y bordeaban sus arroyos.

En esta zona de la carretera eran comunes los accidentes. Mi papá nos contó que ahí habá habido un accidente con un vehículo en el que viajaban unos americanos.  Una versión decía que un trailer los habría arrollado. Otra versión decía que a un camión se le habían soltado los rollos de lámina de acero con los que estaba cargado y estos habían aplastado el vehículo de los americanos. En otra versión, el auto se había caído al barranco y una mujer, la "gringa" había logrado subir a la carretera a pedir ayuda, pero ahí murió sin ser auxiliada.

Desde entonces, la "Gringa" se aparecía pidiendo aventón, subiéndose a los vehículos sin que los conductores se dieran cuenta, desapareciendo furtivamente de los trailer o de los autos en movimiento, otros le veían atravesando la carretera, vagando en busca de ayuda... o quizá de venganza.

Escucha el audio de esta historia en el podcast, en esta dirección: