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12 abril 2017

A VECES REGRESAN


HORA MARCADA es un clásico de la televisión mexicana de finales de los ochenta (1988-1990) que marcó un hito en cuanto a producciones y que fue semillero de talentos ahora mundialmente famosos como Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón.

Hora Marcada fue exitosa en parte debido a sus imaginativos argumentos. A veces adaptaciones de clásicos de la literatura, de leyendas urbanas, y hasta de cintas norteamericanas, y otras tantas eran sólo historias originales que iban de la fantasía, al drama, la ciencia ficción, lo terrorífico y hasta lo cómico, pero siempre manteniendo una misma línea narrativa en la que la famosa Mujer de Negro, metáfora de la muerte, era imprescindible.
La Hora Marcada fue un parteaguas televisivo para ese tiempo a pesar de lo rústicas que fueron algunas de sus producciones y marcó, valga la redundancia, al público sin distinción.
Uno de los capítulos que me parecen de los mejor logrados, con esa mezcla de humor negro y terror, fue "A veces regresan" (1989), con libreto y dirección de Alfonso Cuarón y fotografía de Alejandro Marcovich. Este episodio, basado en la novela de Stephen King Sometimes they come back, fue protagonizado por Eduardo Palomo, como Eddie, un desquiciado infanticida que usa spikes de charol; Diego Jáuregui como el Veopuntos y Alejandro Reyes como el Virus, los dos locos cómplices de Eddie, con quienes conforma un trío verdaderamente perturbador.


Aparecen también un joven Miguel Ángel Ferriz, ya fallecido igual que Palomo, y un José María Torre de 12 años y Frances Ondiviela como la Mujer de Negro.
Aquí les dejo los enlaces de youtube para que lo vean y lo disfruten y, por qué no, sientan un poco de escalofrío...


Primera Parte:
Segunda parte:

16 noviembre 2015

UN RELATO SOBRE LIBROS




Los libros, todo un mundo por descubrir en cada una de sus páginas. Son esos acompañantes incondicionales, interesantes, que siempre están aguardando con sus secretos para nosotros.

Sin embargo, parece que hay algo oculto y desconocido en ellos. ¿Te atreverías a descubrir qué es?

No te pierdas este escalofriante relato sobre libros, original de Miguel Salas.

Presentado originalmente el 24 de octubre de 2015 en el programa La escóbula de la brújula.

Escúchalo en el siguiente enlace:

http://sobrenatoral.podomatic.com/entry/2015-11-16T16_05_56-08_00

21 febrero 2013

LA BALADA DE LOS TRES ALPINOS




Tendría unos 5 o 6 años cuando escuché por primera vez esta cancioncilla, que nos enseñaron en la escuela. Hace poco me acordaba de la tonada y recordé que había algo en ella que me daba tristeza.

Me puse a indagar la canción y me vine a encontrar varias versiones de la misma, con pequeñas variantes, pero que todas coinciden en narrar una tragedia.

La letra que les comparto a continuación la elegí por contener, además de la tragedia, un elemento por demás macabro.

Aquí la tienen.

Eran tres alpinos que venían de la guerra (bis),
ría, ría, rataplán,
que venían de la guerra.

El más pequeño traía un ramo de flores (bis),
ría, ría, rataplán,
traía un ramo de flores.

Y la princesa estaba en la ventana (bis),
ría, ría, rataplán,
estaba en la ventana.

Pequeño alpino regálame esas flores (bis),
ría, ría, rataplán,
regálame esas flores.



Te las daré si te casas conmigo, (bis),
ría, ría, rataplán,
si te casas conmigo.

Para casarme has de hablar con mi padre (bis),
ría, ría, rataplán,
has de hablar con mi padre.

Señor rey, quiero casarme con su hija (bis),
ría, ría, rataplán,
quiero casarme con su hija.

Largo de aquí o te mando fusilar (bis),
ría, ría, rataplán,
o te mando fusilar.

Yo no me voy si no es con la princesa (bis),
ría, ría, rataplán,
si no es con la princesa.

Al día siguiente moría fusilado (bis),
ría, ría, rataplán,
moría fusilado.

Y la princesa también murió de pena (bis),
ría, ría, rataplán,
también murió de pena.

Y el señor rey se fue a morir a China (bis),
ría, ría, rataplán,
se fue a morir a China.

Después de algún tiempo resucitaron todos (bis),
ría, ría, rataplán,
resucitaron todos.

La hija del rey se casó con el alpino (bis),
ría, ría, rataplán,
se casó con el alpino.

Esta es la historia de tres alpinos (bis),
ría ría rataplán,
que venían de la guerra.



Pueden escuchar la letra y su tonadita aquí:

31 diciembre 2012

MANOS Elsa Bornemann




Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de miedo" cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano. Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.

—¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa... Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.

Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez. Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios "sobrinhijos" así como —ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras: —¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"! Y bien. Aquí va:

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas. No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad. ¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer...


Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de tap, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.  Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de tap. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.

—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada. La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de tap.

Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.

La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de tap y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la
función.

Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).

En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.

Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía: —La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.

¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes.

—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.

Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.

—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.

—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila. Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.

Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las
jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe.

—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! — y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.

—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.

—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.

Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos... Oriana se echó a llorar, desconsolada.

—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y
velas! ¡O una linterna!

—"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca! —¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos ¿recuerdan?

Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean buenitas... Buaaah...

Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor.

—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?

—¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.

—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:

—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera,  hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron.

Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.

—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.

—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados...

—En cambio, nosotras... —completó Martina— sólo con una mano...

Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.

Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!

—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.

—No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos...

Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:

—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora...

—Estirarnos los brazos así, como ahora...

—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...

¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.

¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos!

Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.

—¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.

—¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!

Manos.

Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.

Manos humanas.

Manos espectrales.

(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)

20 julio 2011

TRES MISTERIOS Y UNA FLAUTA

I. MÚSICA PALEOLÍTICA
Desde hace más de un siglo, y especialmente en las últimas décadas, los arqueólogos se han lanzado a una ávida carrera por hallar las evidencias más antiguas de esa delicadeza que se presupone a quienes fueron capaces de hacer arte en la prehistoria. Una vez más, las cuevas alemanas de Hohle Fels, que constituyen una mina arqueológica sin parangón de la cultura auriñaciense, del paleolítico Superior, han aportado nuevas evidencias de que la música era ya una práctica común hace 35.000 años, poco después de que los humanos modernos procedentes de África colonizaran Europa.



Tras unas fructíferas excavaciones llevadas a cabo en 2008 en las cuevas del suroeste de Alemania, Nicholas J. Conard, de la Universidad de Tubinga, se está enfrentando a la detallada descripción e identificación de grandes tesoros artísticos del Auriñaciense.
En la revista británica Nature se publicaron los hallazgos de varias flautas en las mismas cuevas que se suman a la cada vez más amplia colección de instrumentos musicales, estatuillas y herramientas que han dado estos yacimientos. Las flautas aparecidas en esta región alemana son, de hecho, las evidencias convincentes más antiguas, anteriores a hace 30.000 años, de prácticas musicales humanas.
La cantidad de fragmentos y pequeñas piezas de instrumentos encontradas en la zona junto con restos de animales y herramientas dan cuenta de lo extendida que estaba la práctica musical en el Auriñaciense y de que la música cumplía funciones sociales diversas.
Al tratarse de una tradición ya arraigada hace 35.000 años, los arqueólogos concluyen que la música, como parte de otras expresiones artísticas y simbólicas de la época, contribuyó al mantenimiento de redes sociales más grandes y por lo tanto a la expansión territorial y demográfica de los humanos modernos en relación con las poblaciones de Neandertales, culturalmente más conservadores y demográficamente más aisladas.
Las flautas son una reliquia típica de ese periodo, pero lo que distingue al reciente descubrimiento de los anteriores es que una de ellas, hecha con el radio de un buitre leonado, ha sido reconstruida casi al completo a partir de 12 fragmentos. Es, hasta ahora, la reconstrucción más completa de las flautas halladas en estas cuevas, cuyas piezas suelen estar sueltas y sin conexión con otras.
La flauta reconstruida mide 21,8 centímetros de largo y unos 8 milímetros de diámetro. En ella se identifican cinco orificios para colocar los dedos sobre ellos, así como dos hendiduras en forma de “V” en el extremo superior del tubo, por donde los músicos probablemente soplaban. La otra punta de la flauta, el extremo inferior, permanece rota por la mitad del quinto agujero.
A falta de una réplica con la que estudiar mejor sus cualidades musicales, los investigadores han comparado esta flauta con otra hallada anteriormente en Geissenklösterle, ésta de tres orificios, que produce cuatro notas, más otras tres adicionales según cómo se sople. Dado que la flauta de tres agujeros produce un rango de notas comparable a muchos tipos de flauta modernos, se cree que la de Hohle Fels ofrece un rango de notas y posibilidades musicales comparables o incluso mayores.
Las flautas pertenecen a un yacimiento arqueológico muy estudiado de los albores del Paleolítico Superior, y los controles de termoluminiscencia y otros métodos indican que son anteriores a hace 35.000 años. Por su parte, la estratigrafía sugiere que podrían tener, incluso, 40.000 años de edad. Una edad nada desdeñable para la música humana.



II. LA ENGAÑADORA MÚSICA DE LAS SIRENAS HELÉNICAS
Según la leyenda, las sirenas habían sido compañeras de Perséfone antes de ser raptadas por Hades, como no consiguieron salvarla, la diosa las transformó como castigo en estas extrañas criaturas. El canto de las sirenas anunciaban de forma engañosa los placeres del mundo subterráneo, pero también, tenían poderes proféticos.
Las sirenas vivían en la isla de Artemisa, en donde yacían los huesos de los marineros que habían sido atraídos por sus deliciosos cantos. Jasón y los Argonautas antes que Odiseo habían sobrevivido al canto de las sirenas, pero porque Orfeo, el bardo, ahogó el canto con su lira. De igual manera, Odiseo, hombre de gran imaginación, cuando se iban acercando a la isla temida, por consejo de Circe, ordenó a sus hombres que se taparan los oídos con cera, y él que no podía con la curiosidad de escucharlas, se hizo amarrar al mástil, con orden de que pasara lo que pasara, no lo desataran.
Al escuchar los cantos de las sirenas quiso soltarse pero sus compañeros no se lo permitieron. Cuenta la leyenda, que las sirenas devastadas por su fracaso, se lanzaron al mar y murieron ahogadas.
Las sirenas de la mitología homérica eran tres hermanas, hijas del río Aqueloo y la musa Calíope: Lidia tocaba la flauta, Parténope, la lira y Leucosia leía y cantaba versos.

III. EL FLAUTISTA DE HAMELIN
El flautista de Hamelín es leyenda documentada por los hermanos Grimm, que cuenta la historia de una misteriosa desgracia acaecida en la ciudad de Hameln en Alemania, el 26 de junio de 1284.
En el año 1284 el pueblo de Hamelin estaba infestado de roedores y apareció allí un hombre extraño con ropas muy coloridas quien por una suma de dinero acordada libera al pueblo de la peste. Los ciudadanos consintieron y el hombre sacó una flauta de su bolsillo y tocó una melodía. Inmediatamente vinieron los ratones y ratas de todas las casas y se reunieron alrededor de él. Cuando ya no quedaba ningún animal en las casas, salió de la ciudad, se dirigió hacia la Weser y entonces se metió en el río y las ratas le siguieron y se ahogaron. Los ciudadanos viéndose liberados de esta plaga se arrepintieron de la recompensa prometida y se la negaron al hombre.
Aquel se fue guardando rencor contra la ciudad. El 26 de junio, volvió a Hamelin disfrazado de cazador con mala pinta llevando un sombrero rojo y extraño. Hizo sonar otra vez la flauta en los callejones mientras que todo el mundo estaba reunido en la iglesia. Esta vez, no fueron los ratones y ratas que acudieron sino niños, chicos y chicas, de cuatro años y más. El flautista les condujo tocando por la puerta del este hacia un monte en el cual desapareció con ellos para siempre. Sólo dos niños volvieron por haberse retardado; pero uno de ellos, siendo ciego, no podía mostrar el sitio, y el otro era mudo así que no podía contar nada. Unos dicen que los niños han sido conducidos en una caverna y que han salido de allí en Transilvania. En todo, fueron 130 niños que perecieron.
Muchas fueron las teorías que trataron de explicar a lo largo de los años la desaparición de los niños de Hamelin. Se esgrimieron terremotos, epidemias y hasta cruzadas Pero si bien arqueólogos e historiadores han puesto un poco de luz sobre el asunto, aún hay pocas pruebas y muchas especulaciones como para asegurar lo que realmente ocurrió con los niños.
Un dato cierto es que el flautista se convirtió en cazador de ratas en el siglo XVI, es decir que las primeras versiones de esta leyenda no hacían mención a las habilidades del flautista para "cazar" ratas. La historia original contaba que un 26 de junio de 1284, un flautista vestido en ropa multicolor, se llevó a 130 niños nacidos en Hamelin y fueron vistos por última vez en el Calvario, en la colina Koppen a las afueras de la ciudad. Por lo tanto las versiones por nosotros conocidas son una mezcla del hecho real o histórico ocurrido en Hamelin (la desaparición de 130 niños) más las leyendas europeas y orientales de los cazadores de ratas.
Una posible interpretación es que los niños fueron llevados a través de una cueva para salir en algún lugar en Europa del este. Una suerte de migración, que efectivamente existió durante los siglos XIII y XV entre parte de la actual Alemania y la zona del Báltico.
El historiador Wolfgang Wann explica que en la Edad Media, cuando se deseaba conquistar algún territorio de Europa del este se contrataban a "localizadores". Este era el encargado de buscar jóvenes colonos para fundar un nuevo pueblo. De este modo puede que nuestro flautista haya sido uno de los muchos Localizadores que llevó "gente joven" a algún lugar en la zona de Moravia. Como evidencia de esto, docenas de nombres de pueblos de la actual Alemania se repiten en esas "nuevas tierras"
R. Browning termina su versión así: "Me olvidaba de mencionar que en Transilvania hay una tribu de gente muy especial que asegura que las ropas tan extrañas que usa, y que tanto llaman la atención de sus vecinos, son una herencia de sus antepasados, surgidos de una prisión subterránea en la que se los había sepultado hacía largo tiempo después de haberlos arrebatado del pueblito de Hamelin, en el condado de Brunswick, sin que supieran decir cómo o por qué."
Las explicaciones “históricas” de la historia pueden ser agrupadas en cuatro categorías:
1) Los niños fueron víctimas de algún tipo accidente por el cual se ahogaron en el río Weser o fueron enterrados por algún deslizamiento de tierra;
2) algunos niños fueron víctimas de alguna enfermedad, quizá la peste, por lo que fueron conducidos fuera del pueblo para proteger a los demás habitantes;
3) los niños dejaron el pueblo para tomar parte en alguna peregrinación, cruzada o una campaña militar, pero nunca regresaron con sus padres. De acuerdo con recientes investigaciones, se ha encontrado que existieron dos movimientos de gente llamados “cruzada infantil” en 1212 en Alemania y Francia, cuya similitud pudieron inspirar a los cronistas para elaborar el mito.
En el primer movimiento, Nicolás, un pastor de Alemania, condujo a un grupo a través de los Alpes hasta Italia a principios de primavera. Alrededor de 7.000 hombres llegaron a Génova en agosto. Sin embargo, sus planes no fructificaron, pues las aguas no se abrieron a su paso, y la comitiva se desbandó. Algunos emprendieron el camino de vuelta a casa, otros fueron a Roma, y los restantes pudieron haber seguido el curso del Ródano hasta Marsella, donde fueron probablemente vendidos como esclavos. Pocos llegaron a sus casas, y ninguno llegó a la Tierra Santa;
4) los niños abandonaron voluntariamente Hamelín para colonizar partes de Europa Oriental. Numerosos poblados fueron fundados en esta época en el este de Europa por colonos de origen alemán.
Fuentes:
http://www.hameln.com/tourism/piedpiper/index.htm
http://www.725-jahre-rattenfaenger.de/eng/The-legend

10 marzo 2011

¡SÁLVAME!

Estaba en un largo pasillo oscuro y llevaba una vela encendida. Tenía miedo de cruzarlo, así que avancé despacio. De pronto escuché que un niño se reía. Era una risa rara, un poco macabra. En eso, una racha de viento helado apagó i vela y, en la oscuridad, brilló una cara que no tenía cuerpo. Era un niño muy pálido y delgado, con grandes ojeras. El niño abrió la boca y gritó: ¡Sálvame!

Desperté en ese momento, muy asustado. había sido una pesadilla. Estaba en mi cama, a salvo. Al cabo de algunos minutos me volvía dormir.

A la mañana siguiente, mientras me estaba vistiendo para ir a la escuela, mi computadora se prendió sola. Y entonces, en el monitor apareció sobre la pantalla negra una sola palabra: ¡Sálvame! Apagué la compu con el corazón latiéndome a mil. No entendía qué estaba pasando.

Ese día llegué a la escuela más temprano y mi salón estaba vacío cuando entré. Entonces miré al pizarrón y pude ver claramente que ahí se escribía sola la maldita palabra: ¡Sálvame! Pero eso no fue todo. Durante toda la mañana, cada vez que abría un cuaderno, veía escrita la misma palabra: ¡Sálvame!

A la salida ya estaba totalmente nervioso, así que decidí darme una vuelta por el parque antes de llegar a casa para calmarme un poco. ¿Qué estaba pasando? estaba recibiendo un mensaje, ¿pero de quién?

Cuando llegué al parque me encaminé hacia la zona de los columpios, pero todos estaban enredados, no se podían usar. Todos, menos uno. Pero en él se mecía, lentamente, un niño. Me acerqué a él. Ahora sé que no debí hacerlo. Debí haber huido cuando me di cuenta de que tenía la misma cara que había soñado en mi pesadilla la noche anterior.

-No estoy muerto-, dijo como si hubiera leído mi pensamiento.

-Estoy maldito. Me condenaron a quedarme aquí porque siempre me portaba muy mal. Llevo mucho tiempo aquí. Nadie puede verme, solo tú.


-¿Y por qué yo?- pregunté.

-Porque tú también te llamas Rodolfo.

-¿Tú me enviaste mensajes?- quise saber.

-Sí. Por favor ¡sálvame!

-¿Pero qué puedo hacer?- pregunté.

-Solo ven y siéntate aquí en el columpio. Yo te meceré. Verán que tengo un amigo, que no soy tan malo, y me dejarán ir.

Así lo hice. Rodolfo se levantó del columpio y yo me senté en su lugar, pero me quedé pegado en el asiento metálico, ¡no me podía levantar!

-¡Rodolfo, estoy pegado al columpio!

-Y ahí te quedarás. Yo tomaré tu lugar, me convertiré en ti y tú te convertirás en mí. Pasará mucho tiempo antes de que alguien venga a salvarte. Es la única forma de escapar a esa maldición.

-Oye, no, ¡regresa!- grité al ver que tomaba mi mochila y se disponía a irse. Él volteó. Y entonces me di cuenta de que se había convertido en mí. Luego miré mis manos. Estaban flacas y tenían la piel muy pálida. Toqué mi cara. Estaba en los huesos. ¡Me había convertido en él!

-Adiós Rodolfo-, me dijo. Gracias por salvarme.

Se alejó riendo. Era la misma risa macabra que yo había escuchado en mi pesadilla. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando yo era un niño normal, antes de que cambiara mi lugar y mi vida con alguien.

Tomado de: OBÓN, Pilar (2010): <<¡Sálvame!>> en Universo Big Bang. Los mejores 100 Para no dormir, Edición Especial núm. 2, p. 13.