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08 mayo 2020

EL SACERDOTE AL QUE LOS MUERTOS DETUVIERON EN EL CEMENTERIO


EXEMPLA[1]

XXXVII.  DE SACERDOTE, QUEM MORTUI IN COEMETERIO DETINUERUNT
Legitur etiam in annulo cap. CXXII. Quidam sacerdos frequenter transibat per coemiterium et nichil pro mortuis orabat. Cum autem quadam die transiret, quidam mortuus extendit manum de tumulo et rapuit eum per pedem. At ille valde timens clamavit et surrexerunt vicini et non potuerunt eum liberare.
Facto die venit episcopus cum clero et rogaverunt Dominum, ut manifestaret, quare sacerdos detineretur. Et adiurat episcopus mortuum, quare sic sacerdotem detineret.
Qui dixit voluntate divina esse gestum. Et ulterius ait: «Sacerdos iste frequenter transit super nos et nichil orat pro nobis et tota die comedit elemosynas pro nobis oblatas.»

Tunc sacerdos mandato episcopi promisit, quod de cetero non transiret per coemiterium, nisi oraret pro mortuis. Quod cum fecisset, statim liberatus.



versión al español
EJEMPLOS
Los  "exempla" o ejemplos, son relatos de corte moralizante que apelan a acontecimientos sobrenaturales, prodigiosos, y que muchas veces emplean  el recurso al horror y a provocar miedo en el oyente o en el lector para hacerle reflexionar y cambiar su conducta.



XXXVII. SOBRE EL SACERDOTE, AL QUE LOS MUERTOS DETUVIERON EN EL CEMENTERIO
También se lee en el anuario, capítulo CXXII que cierto sacerdote frecuentemente atravesaba por entre el cementerio y nunca oraba por los difuntos. Pero un día, cuando atravesaba, un muerto extendió la mano desde su tumba y lo atrapó por un pie. Mas aquel, con mucho temor gritó y los vecinos se levantaron y no pudieron liberarlo.
Al hacerse de día llegó el obispo con el clero y rogaron al Señor, para que manifestara, por qué razón el sacerdote había sido detenido. Y conjura el obispo al muerto, cuál era la razón para que detuviese al sacerdote.
Aquel dijo actuar por voluntad divina. Y después declaró: «Este sacerdote frecuentemente nos pasa por encima, y nunca ora por nosotros, y durante todo el día dilapida las limosnas ofrecidas en favor nuestro

Entonces el sacerdote, prometió, por orden del obispo, que en adelante no atravesaría por entre el cementerio, a no ser que orase por los muertos. Habiéndolo hecho, al punto fue liberado. 




[1] KLAPPER, Joseph (1911): Exempla aus Handschriften des Mittelalters, Heidelberg: Carl Winter's Universitätsbuchhandlung, p. 32.


13 junio 2017

LA RECONCILIACIÓN. Lafcadio Hearn y Yakumo Koizumi


Cierto samurai joven de Kioto, reducido a la miseria por la caída de su señor, se vio obligado a abandonar su casa y entrar al servicio del gobernador de una provincia distante. Antes de marcharse de la capital, se divorció de su esposa, una mujer buena y hermosa, convencido de que podría mejorar su situación con otra alianza. Entonces se casó con la hija de una familia distinguida, que le acompañó a su nuevo destino.


Pero en la inconsciencia de la juventud y la grave necesidad, el samurai no pudo comprender el valor del afecto que descartó tan a la ligera. Su segundo matrimonio no fue feliz; el carácter de su nueva esposa era cruel y egoísta, y pronto encontró toda clase de motivos para pensar con nostalgia en su pasada vida en Kioto. Entonces se dio cuenta de que todavía amaba a su primera mujer, mucho más de lo que nunca podría querer a la segunda, y comenzó a reconocer lo injusto y desagradecido que había sido.

Poco a poco este sentimiento se transformó en un arrepentimiento que le robó la paz de espíritu. Le perseguían sin cesar los recuerdos de la esposa traicionada, su dulce forma de hablar, sus sonrisas, su delicadeza, su firme paciencia. A veces la veía en sueños ante el telar, como cuando tejía día y noche para ayudarle en sus años de pobreza, otras más sola, sentada en el suelo de la pequeña y humilde habitación donde la dejó escondiendo sus lágrimas con la manga de su raído kimono. Incluso pensaba en ella durante el trabajo; entonces se preguntaba cómo vivía, qué hacía. Algo en el corazón le decía que ella no aceptaría otro esposo y que nunca le perdonaría. Y decidió en secreto irla a buscar tan pronto como pudiera regresar a Kioto, pedirle disculpas, volver a vivir con ella y hacer todo lo que estuviese en su mano en para compensarla por lo acontecido. Y así pasaron varios años. Por fin acabó el mando del gobernador y el samurai quedó libre.

- Ahora volveré con mi amada- se prometió- ¡Ah, qué crueldad, qué absurdo haberme divorciado de ella!
Y así devolvió su segunda esposa, que no le había dado hijos, a su familia y se apresuró hacia Kioto para buscar a su antigua compañera, a cuya casa se encaminó sin siquera cambiar su indumentaria de viaje.
Cuando llegó a la calle donde ella vivía, ya era tarde por la noche, la décima noche del noveno mes, y la ciudad estaba tan silenciosa como un cementerio. Pero la luna clara iluminaba suficiente, de modo que encontró la casa sin dificultad. Tenía un aspecto del mayor abandono y las hierbas crecían en el tejado. Llamó a una puerta corrediza y nadie respondió. Como no estaba cerrada por dentro, abrió y entró. La primera habitación estaba vacía y ni siquiera tenía esteras de paja, y las otras tenían el mismo aspecto lastimoso. Daba la impresión de que la casa estaba desocupada.
Sin embargo, el samurai decidió echar una mirada a la pequeña habitación del fondo, la favorita de su esposa, que gustaba de descansar allí.
Acercándose a las puertas corredizas cerradas, se sorprendió mucho de ver un resplandor. Deslizó la puerta y lanzó un grito de júbilo al verla cosiendo a la luz de una linterna de papel. Sus ojos se encontraron y ella le saludó con una sonrisa.
- ¿Cuándo regresaste a Kioto? ¿Cómo me encontraste entre tantas habitaciones oscuras?
Los años no la habían cambiado. Al samurai le pareció tan joven y linda como en sus recuerdos más queridos, aunque se le hizo mucho más entrañable aún su dulce voz, temblorosa por la feliz sorpresa.
Se sentó a su lado muy contento y le dijo muchas cosas: cómo se arrepintió de su egoísmo, cuánto la echó de menos, la constante pena que sentía por ella y sus prolongadas esperanzas de resarcirla por todo, mientras la acariciaba y le pedía perdón una y otra vez. Ella le repuso con gran ternura, que le salía del alma, que cesara de reprocharse. No era justo que hubiera sufrido tanto por ella, ya que siempre se consideró indigna de ser su esposa. Por supuesto, sabía que la pobreza le había obligado a la separación, ya que mientras vivieron juntos él siempre fue muy bondadoso. Nunca había dejado de rezar por su felicidad. Pero, si hubiese algún motivo de enmienda, ya habría desaparecido de más con su honorable visita. ¿Qué mayor dicha había que verle, aunque fuera sólo un instante?
- ¿Sólo un instante?- preguntó con una risa alegre- Mejor di para las próximas siete existencias. Amada mía, excepto si tú te opones, estoy dispuesto a regresar para vivir contigo para siempre. Nada nos podrá separar de nuevo. Ahora tengo medios y amigos, no precisamos temer a la pobreza. Mañana traeré mis pertenencias y mis criados te servirán. ¡Verás qué preciosa arreglaremos la casa! Esta noche- explicó en tono de disculpa- llegué tan tarde, incluso sin cambiarme de ropa, porque no podía esperar a verte y decirte todo esto.
Ella pareció muy feliz con estas palabras y a su vez le contó todo lo acontecido en Kioto desde que él se marchara; excepto sus propias penurias, sobre las que se negó a hablar con delicadeza. Conversaron hasta muy tarde. Después la mujer le condujo a una habitación más caliente, orientada al sur, en la que habían pasado su noche de bodas.
- ¿No tienes a nadie que te ayude en casa?- preguntó el samurai cuando ella empezó a preparar el lecho.
- No, no me podía permitir tener una sirvienta, de modo que he vivido sola- repuso, riéndose alegremente.
- Desde mañana tendrás muchos sirvientes- dijo- Buenos sirvientes y todo lo que desees.
Se acostaron para descansar, pero no durmieron porque tenían demasiadas cosas que contarse; y hablaron del pasado, el presente y el futuro, hasta que comenzó a amanecer. Entonces al samurai se le cerraron los ojos y quedó profundamente dormido.
Cuando despertó la luz entraba por las grietas de los postigos y, ante su tremenda sorpresa, se encontró acostado sobre las tablas desnudas de un suelo mohoso...¿Había sido todo sólo un sueño? No, ella estaba allí, durmiendo...Se inclinó para mirarla y soltó un grito: la mujer no tenía rostro. Junto a él, envuelto en una mortaja, yacía su cadáver, tan deteriorado que no quedaba más que los huesos y el largo cabello enmarañado.

Presa de horribles estremecimientos y malestar se levantó bajo los rayos del sol, y poco a poco, el horror gélido dio lugar a una desesperación tan intolerable, un dolor tan atroz, que se aferró a la sombra irónica de la duda. Simulando no estar al corriente de nada, se aventuró por el vecindario para averiguar el camino a la casa donde vivió su esposa.

- No hay nadie en aquella casa- le repuso alguien- Pertenecía a la esposa de un samurai que dejó la ciudad varios años atrás. Antes de marcharse se divorció de ella para casarse con otra mujer, y sufrió tanto y cayó enferma. No tenía parientes en Kioto ni nadie que la cuidara, y murió en otoño de ese mismo año. El décimo día del noveno mes...




FUENTEs:
KOIZUMI, Yakumo y HEARN, Lafcadio (1996): Historias Misteriosas, [trad. Montse Watkins]. Kanagawa: Luna Books.
















Imágenes tomadas de la película: Kwaidan (1965). Dirección:  Masaki Kobayashi.





16 noviembre 2015

UN RELATO SOBRE LIBROS




Los libros, todo un mundo por descubrir en cada una de sus páginas. Son esos acompañantes incondicionales, interesantes, que siempre están aguardando con sus secretos para nosotros.

Sin embargo, parece que hay algo oculto y desconocido en ellos. ¿Te atreverías a descubrir qué es?

No te pierdas este escalofriante relato sobre libros, original de Miguel Salas.

Presentado originalmente el 24 de octubre de 2015 en el programa La escóbula de la brújula.

Escúchalo en el siguiente enlace:

http://sobrenatoral.podomatic.com/entry/2015-11-16T16_05_56-08_00

21 febrero 2013

LA BALADA DE LOS TRES ALPINOS




Tendría unos 5 o 6 años cuando escuché por primera vez esta cancioncilla, que nos enseñaron en la escuela. Hace poco me acordaba de la tonada y recordé que había algo en ella que me daba tristeza.

Me puse a indagar la canción y me vine a encontrar varias versiones de la misma, con pequeñas variantes, pero que todas coinciden en narrar una tragedia.

La letra que les comparto a continuación la elegí por contener, además de la tragedia, un elemento por demás macabro.

Aquí la tienen.

Eran tres alpinos que venían de la guerra (bis),
ría, ría, rataplán,
que venían de la guerra.

El más pequeño traía un ramo de flores (bis),
ría, ría, rataplán,
traía un ramo de flores.

Y la princesa estaba en la ventana (bis),
ría, ría, rataplán,
estaba en la ventana.

Pequeño alpino regálame esas flores (bis),
ría, ría, rataplán,
regálame esas flores.



Te las daré si te casas conmigo, (bis),
ría, ría, rataplán,
si te casas conmigo.

Para casarme has de hablar con mi padre (bis),
ría, ría, rataplán,
has de hablar con mi padre.

Señor rey, quiero casarme con su hija (bis),
ría, ría, rataplán,
quiero casarme con su hija.

Largo de aquí o te mando fusilar (bis),
ría, ría, rataplán,
o te mando fusilar.

Yo no me voy si no es con la princesa (bis),
ría, ría, rataplán,
si no es con la princesa.

Al día siguiente moría fusilado (bis),
ría, ría, rataplán,
moría fusilado.

Y la princesa también murió de pena (bis),
ría, ría, rataplán,
también murió de pena.

Y el señor rey se fue a morir a China (bis),
ría, ría, rataplán,
se fue a morir a China.

Después de algún tiempo resucitaron todos (bis),
ría, ría, rataplán,
resucitaron todos.

La hija del rey se casó con el alpino (bis),
ría, ría, rataplán,
se casó con el alpino.

Esta es la historia de tres alpinos (bis),
ría ría rataplán,
que venían de la guerra.



Pueden escuchar la letra y su tonadita aquí:

03 febrero 2013

LOS MALVADOS FANTASMAS DE M. R. JAMES




Montague Rhodes James es para mí, el mejor escritor de cuentos de fantasmas que haya leído. Esta entrada va como homenaje a este genial escritor inglés, que me ha permitido disfrutar el género de terror como ninguno.

Buscando información al respecto me encontré con un buen artículo sobre él, que se reproduce a continuación. Al final, está la referencia completa.

M. R. James está considerado como "El Gran Maestro del Cuento de Fantasmas", honor ganado a pulso con cada uno de sus magníficos relatos, ideados para amenizar más de una Navidad, en compañía de sus allegados.

Es uno de los grandes de la literatura de terror. Sus fantasmas no son los clásicos espectros victorianos; arrastrándose por pasillos sórdidos y húmedos al ritmo del tintineo incesante de las cadenas. Sus fantasmas son seres que no provocan compasión; en su mayoría engendros sin forma definida, abominables y sádicos.

James vio la luz en el año 1862, en la rectoría de Goodnestone, Kent. Ya a una temprana edad, en la que otros niños se contentaban con dedicar sus horas a cualquier simple juego, el joven James desarrolló ya su nunca olvidada pasión por los libros antiguos.

M. R. James como persona se puede decir que está a años luz de las torturadas figuras de antecesores suyos en el arte de asustar como Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant o Joseph Sheridan LeFanu.


El trasfondo de sus obras poco tiene que ver con los oníricos mundos que poblaban las mentes de estos autores. Su personalidad destacaba por su lucidez y equilibrio, amén de su escepticismo, tiznado con un agudo sentido del humor, en lo tocante al mundo de los espíritus y los fenómenos paranormales tan en boga durante finales del siglo XIX y principios del XX.

Podríamos decir que su vida transcurrió en una continua investigación del pasado, entre viejos manuscritos, clases y reuniones docentes, visitas a antiguas ruinas, bibliotecas polvorientas, iglesias dejadas de la mano de Dios. Ésa fue su vida, ya que nunca contrajo matrimonio, ni tuvo hijos. La universidad, Eton, y los libros constituyeron el entramado de su existencia.

Fue un medievalista de prestigio contrastado, lingüista y un estudioso bíblico. Entre sus intereses y aficiones cabe mencionar desde la arqueología, hasta la paleografía; de la filología al arte eclesiástico; de las antigüedades a los estudios históricos y bibliográficos, revisando a menudo ejemplares para las sociedades bibliográficas e históricas especializadas. Sin olvidarnos de la traducción, el ensayo, o la disertación académica. M.R. James murió en Eton en 1936.

No deja de ser una ironía que James logre la celebridad con sus cuentos, quedando el resto de su obra condenada al ostracismo, pues sus historias de fantasmas no fueron para él más que un pasatiempo. Escribía estos cuentos por puro entretenimiento, para distraerse de sus tareas docentes y de sus largas y pesadas investigaciones en los muchos campos que trataba.

Era un admirador reconocido del escritor irlandés Joseph Sheridan LeFanu, siendo ésta quizás la influencia más representativa en sus obras. Precisamente a James se debe la resurrección literaria de LeFanu cuando éste comenzaba a ser olvidado por el público. En 1923 publicó una antología con los mejores cuentos del autor irlandés titulada Madam Crowl's Ghost. Si para muchos James es el mejor escritor de cuentos de fantasmas, él reconocía con tal calificativo a LeFanu.

Sin romper por completo con las formas que habían distinguido al relato de fantasmas hasta entonces, uno de los grandes méritos de M.R. James se basa en la creación de un fantasma desconocido en la época en que vivió. En este detalle radica la diferencia primordial con todo lo escrito durante el romanticismo, dominante hasta entonces. James se distancia del fantasma victoriano, característicamente lívido, estático y digno de compasión por su desdichada fortuna. Todo lo contrario, las apariciones espectrales de James son manifestaciones abominables, criaturas cuya procedencia no puede ser sino el infierno. Tales apariciones son extravagantes, e incluso ridículas sin llegar a caer en la comicidad. Sus seres inefables son cuasi monstruos que llegan a helarnos el alma. En palabras de Lovecraft: "El espectro habitual de M.R. James es delgado, enano y peludo: una abominación perezosa e informal de la noche, a medio camino entre la bestia y el hombre... este espectro tiene una constitución de lo más excéntrica: es un rollo de franela con ojos de araña, o una entidad invisible modelada con las ropas de una cama cuyo rostro lo forma una sábana arrugada".

De igual modo, encontramos también en todos sus relatos, rebosantes de un sano humor socarrón, un atisbo de aclaración racional para los misterios que se nos muestran, detalle también desconocido en la literatura del género hasta la fecha. Aunque, en sus propias palabras "este resquicio debe ser tan estrecho que apenas sea practicable", para que así el relato no pierda fuerza ni quede reducido a una mera sugestión enfermiza de sus protagonistas en un momento dado de la trama.

Ilustración de Manuel Mota.
La escritura de cuentos de fantasmas puede considerarse un arte, y el propio James llegó a citar las características de semejante oficio: "Dos ingredientes de la máxima importancia para guisar un buen cuento de fantasmas son, a mi juicio, la atmósfera y un crescendo hábilmente logrado", a lo que no debemos olvidar añadir "cierto grado de realismo".

Si bien en lo primero no llega al refinamiento de ilustres antecesores como Arthur Machen, con su peculiar estilo de atmósfera envolvente y opresiva, o contemporáneos como Lovecraft, respecto al adecuado desarrollo de la historia se muestra como un maestro consagrado. Ese crescendo que nos conduce al desenlace final entre el engendro y el atribulado protagonista logra mantenernos en una atenta tensión hasta el clímax final.

Siguiendo con sus palabras, analicemos el sentido del indispensable realismo, "Seánnos, pues, presentados los personajes con suma placidez; contemplémoslos mientras se dedican a sus quehaceres cotidianos, ajenos a todo mal presentimiento y en plena armonía con el mundo que les rodea".

Ahí radica otra de sus características innovadoras, conduce al lector por un mundo que ya conoce, que vive día a día en su propio "marco familiar". Sus personajes hablan, viven, se mueven, como sus potenciales lectores de principios del siglo XX. Recordemos que hasta la irrupción de James en la literatura, los fantasmas habían sido seres amarrados a sus herrumbrosas cadenas, arrastrándose amargados por castillos medievales, algo muy alejado de la sociedad burguesa de la época.

Ilustración de Manuel Mota
Uno de los recursos de James para introducirnos en esta familiaridad cotidiana es su relajado humor, frecuentemente mostrado de forma coloquial entre sus personajes. Un típico humor británico, que nos hace sentirnos aún más sosegados y confiados en ese ambiente seguro y reconocible. Un humor que casi sin enterarnos da paso al espanto, haciendo añicos la invulnerable realidad en la que nos creíamos sumergidos.

"En esta atmósfera tranquilizadora, hagamos que el elemento siniestro asome una oreja, al principio de modo discreto, luego con mayor insistencia, hasta que por fin se haga dueño de la escena". Esta técnica de no revelar nunca por completo al fantasma, dejando a la imaginación del lector la recreación de lo vagamente sugerido, se ve ya claramente en LeFanu, aunque James la forja impecablemente superando a su maestro en el firme propósito de inquietar.

Podríamos añadir que buena parte del terror en los cuentos de James reside en lo que se menciona como de pasada, en detalles aparentemente carentes de importancia y que cobran todo su significado en el desenlace final.

Otros rasgos inequívocos de la obra de James los menciona Howard Phillips Lovecraft en su excelente ensayo Supernatural Horror in Literature, atribuyéndolos a palabras del propio James: "Sus fenómenos espectrales deben ser malévolos más que beneficiosos, ya que la emoción que hay que suscitar ante todo es el miedo"; adiós, pues, a fantasmas dignos de compasión: "... debe evitarse escrupulosamente la jerga técnica del ocultismo o pseudociencia, con objeto de que la verosimilitud casual no se vea ahogada por una pedantería nada convincente".

Mencionemos también otra característica que ni el propio James hubiera podido evitar de haberlo querido, el antecedente histórico que provoca las espectrales apariciones. Este precursor del horror, obligatorio en todas sus historias, le permite hacer gala de sus excelsos conocimientos en las diversas materias que marcaron su vida. Incluso podríamos decir que sus protagonistas no dejan de ser sino clones del propio James: hombres apacibles, comedidos, íntegros, sin sospechosos antecedentes relacionados con sucesos paranormales.

Sus relatos, sin profundizar demasiado en la caracterización psicológica de los personajes, nos seducen con una minuciosa recreación documental de los ambientes en que se desarrollan. Para recrear este ambiente erudito James echó mano de un truco muy utilizado después por otros autores inventándose libros, manuscritos o citas en latín que dieran mayor calado a los sucesos que se narraban en sus cuentos.

El encanto de los temblores que provocan sus cuentos de fantasmas sigue vigente hoy en día pese a los numerosos giros y mutaciones que ha sufrido el género de terror. Más de uno quizás piense que en la era de la informática, relatos escritos a principios del pasado ya siglo XX han perdido toda capacidad de asustar...

Los cuentos de fantasmas de M.R. James son 31 publicados en diferentes libros:


Historias de fantasmas de un anticuario. Esta obra fue publicada en 1904.


Más historias de fantasmas de un anticuario. Este segundo libro apareció en 1911.


Un fantasma inconsistente y otros. La publicación de este volumen data de 1919.


Cuentos de fantasmas es el cuarto libro publicado en 1925.


Cuentos de fantasmas de M. R. James, publicado en 1931 es su último libro. Se trata de una recopilación de todos sus relatos antes citados con la inclusión de cinco más, aparecidos en diversas publicaciones.



En 1922 se publicó una novela corta de fantasía sobrenatural para niños titulada Los cinco frascos.


Puedes leer muchas de sus obras aquí:

http://elespejogotico.blogspot.mx/2009/02/mr-james-relatos.html



Texto tomado de: M. R. James, hacedor de fantasmas, en: pasadizo.com.
(http://www.pasadizo.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1439).

31 diciembre 2012

MANOS Elsa Bornemann




Montones de veces —y a mi pedido— mi inolvidable tío Tomás me contó esta historia "de miedo" cuando yo era chica y lo acompañaba a pescar ciertas noches de verano. Me aseguraba que había sucedido en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. En Pergamino o Junín o Santa Lucía... No recuerdo con exactitud este dato ni la fecha cuando ocurrió tal acontecimiento y —lamentablemente— hace años que él ya no está para aclararme las dudas. Lo que sí recuerdo es que —de entre todos los que el tío solía narrarme mientras sostenía la caña sobre el río y yo me echaba a su lado, cara a las estrellas— este relato era uno de mis preferidos.

—¡Te pone los pelos de punta y —sin embargo— encantada de escucharlo! ¿Quién entiende a esta sobrina? —me decía el tío—. Ah, pero después no quiero quejas de tu mamá, ¿eh? Te lo cuento otra vez a cambio de tu promesa... Y entonces yo volvía a prometerle que guardaría el secreto, que mi madre no iba a enterarse de que él había vuelto a narrármelo, que iba a aguantarme sin llamarla si no podía dormir más tarde cuando —de regreso a casa— me fuera a la cama y a la soledad de mi cuarto.

Siempre cumplí con mis promesas. Por eso, esta historia de manos —como tantas otras que sospecho eran inventadas por el tío o recordadas desde su propia infancia— me fue contada una y otra vez. Y una y otra vez la conté yo misma —años después— a mis propios "sobrinhijos" así como —ahora— me dispongo a contártela: como si —también— fueras mi sobrina o mi sobrino, mi hija o mi hijo y me pidieras: —¡Dale, tía; dale, mami, un cuento "de miedo"! Y bien. Aquí va:

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguísimas. No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escolares y otras, simplemente para estar juntas. De otoño a primavera, las tres solían pasar algunos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad. ¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer...


Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de tap, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.  Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de tap. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.

—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada. La mamá de Martina trató —en vano— de convencerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubicaban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la función casera de tap.

Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles. Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.

La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de tap y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada. Pronto, todos se retiraron a sus cuartos. Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la
función.

Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportunidad que pasaban en esa casa. Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).

En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz. En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana. En la cama del medio, Oriana, porque era miedosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.

Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Terminaba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía: —La abuela se descompuso. Nada grave —creemos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.

¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupadas como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos después de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos ruidos de la tormenta que —finalmente— había decidido desmelenarse sobre la noche.

Truenos y rayos que conmovían el corazón. Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas. El viento, volcándose como pocas veces antes.

—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.

Las otras dos también lo tenían pero permanecían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de calmarse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo. La cama de Oriana fue —entonces— la más iluminada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.

—No pasa nada. La tormenta empeora la situación, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.

—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila. Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más corajudas— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.

Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las
jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastante, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable. Las luces se apagaron de golpe.

—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! — y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas. Sólo encontró las manos de sus amigas, haciendo lo propio.

—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.

—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.

Y así era nomás. Demasiada electricidad haciendo travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos... Oriana se echó a llorar, desconsolada.

—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y
velas! ¡O una linterna!

—"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca! —¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos ¿recuerdan?

Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean buenitas... Buaaah...

Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una hermana mayor.

—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?

—¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.

—¿Qué cosa? —Camila también se mostró interesada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:

—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera,  hasta darnos las manos. Enseguida, lo hicieron.

Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.

—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.

—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados...

—En cambio, nosotras... —completó Martina— sólo con una mano...

Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos. Al rato, todas dormían. Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.

Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!

—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el desayuno en la cama, para mimarlas un poco, después de la noche de nervios que habían pasado.

—No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su comportamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos...

Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustarse demasiado. Entonces, las tres amiguitas les contaron:

—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora...

—Estirarnos los brazos así, como ahora...

—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...

¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela. Resulta que por más que se esforzaron —estirando los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.

¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos!

Sin embargo, las tres habían —realmente— sentido que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Martina.

—¿Las manos de quién??? —exclamaron entonces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.

—¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!

Manos.

Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.

Manos humanas.

Manos espectrales.

(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantasmas también tengan miedo... y nos necesiten...)